Archive for the Luna Category

15 de junio: Las fotos del eclipse

Posted in Generalidades, Luna on 16 junio, 2011 by bitacoradegalileo

No aparecía por ningún sitio. A la hora convenida, la Luna parecía haber faltado a su palabra, y no ofrecía su faz enrojecida. Parecíase como si, realmente azorada, no se atreviera a mostrar su lado más íntimo, y se ocultara tras las brumas que, a esas horas, invadieron el horizonte del este.

No sólo Lucía y Helena (sí, con hache), las dos pequeñas que nos acompañaban, empezaban a mostrar su decepción, sino que también los mayores se asomaban insistentemente a la azotea del edificio (gracias, Anita y Antonio), en busca de algún rastro de la imagen prometida. Por fin, entre la bruma, pudimos divisar al satélite, totalmente eclipsado, y muy bajo en el horizonte. Sabíamos que estaba, y no podíamos verlo, y fue esto lo único que falló en un anochecer que habíamos previsto al minuto y al milímetro.

Menos mal que nuestro amigo Umbriel ha acudido al rescate, y nos envía esta estupenda fotografía, la primera de todas que encabeza este informe de urgencia, muy poquitos minutos después de que la Luna hiciera su aparición sobre el horizonte de levante.

Todos habían colaborado en la preparación del equipo. Las maniobras de nivelado, orientación, montaje y equilibrado fueron esta vez una tarea colectiva y entusiasta, en la que reinaba la ilusión; Pepi y Natalia se afanaban en ello, aunque con la aportación de todos los demás. Así, el pequeño Vincenzo, un Meade de 70 mm con montura altazimutal, pronto fue dominado por los que venían por vez primera. Los más veteranos enseñaban las curiosidades que el cielo nos iba mostrando, conforme el crepúsculo avanzaba. Loli, Miguel y Bienvenido, los nuevos fichajes, observaban entusiasmados.

Yo, por mi parte, me encargué del refractor de 6 pulgadas, cuya montura ecuatorial no es adecuada para el manejo de los principiantes, y también del equipo fotográfico. Fue difícil encontrar el foco adecuado, y no siempre lo conseguí. En mi descargo, he de alegar que la bruma insistía en impedírmelo. Mientras tanto Chica, la perrita, dormitaba tranquila después de haberse agotado jugando tras la pelota.

Una vez divisada, la Luna ya no nos abandonó. Diríase que perdió su temor, y permaneció entre nosotros hasta el final de la sesión. Nos agasajó con todos los colores y luminosidades que habíamos previsto, y resultó un espectáculo único que nos dejó a todos alegría en el espíritu y sonrisa en los labios.

Cuando por fin volvió a iluminarse, comenzamos el desmontaje y la despedida. Cari se notaba satisfecha, Natalia entusiasmada, Pepi contenta y Anita feliz aunque cansada. Aún tuve tiempo de guiñar un ojo al Escorpión, disimuladamente, sin que nadie nos viera, pues sólo él y yo sabemos que muy pronto volveremos a vernos.

“No es que la Luna tenga luz de plata
como nos dicen algunos poetas,
es que de noche se baña en las aguas
de nuestra típica y bella Caleta”

Paco Alba

Anexo

En su comentario, Iridum pregunta por el reflejo que aparece en la parte inferior derecha de esta última fotografía, que resulta ser un paraselene. A continuación incluyo otra imagen, tomada el mismo día, donde se aprecia mucho mejor:

En la respuesta a dicho comentario, he redactado una pequeña explicación sobre este fenómeno.

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15 de Junio de 2011: Eclipse Total de Luna

Posted in Generalidades, Luna on 9 junio, 2011 by bitacoradegalileo

En pleno corazón de la Vía Láctea, entre Ophiuco y Sagitario, muy cerca del Escorpión y brillando en su máximo esplendor, de pronto… se apagará. La Reina de la noche, por una vez, cede su testigo a la oscuridad, con la salvedad extraña del rojo resplandor que le prestan los reflejos de la atmósfera terrestre, que le priva, sin embargo, de la luz solar.

Esto es lo que ocurrirá el próximo día 15 de este mes de junio de 2.011; la Tierra se interpondrá entre el Sol y la Luna, interceptando los rayos que deberían iluminar al satélite, quien por el contrario se verá inmerso en el haz de sombras que nuestro planeta arrojará en forma de cono, e impidiendo con ello que Selene brille como lo hace normalmente. Es un Eclipse Total de Luna. Desde España no se podrá ver la totalidad del evento, y cuando la Luna aparezca sobre el horizonte, lo hará ya eclipsada. Además, como veremos, no alcanzará demasiada altitud sobre el horizonte.

Publiqué, en esta misma bitácora, un extenso informe sobre la naturaleza y características de los eclipses con ocasión del de Luna que tuvo lugar el pasado 21 de diciembre, y remito a los lectores a dicho artículo para ahondar en este interesante fenómeno:

Cuando la Luna se apaga: Eclipses

En este trabajo, y con ocasión del que se producirá el próximo miércoles día 15, me limitaré a recordar algunos aspectos fundamentales, y a relatar cómo, cuándo y en qué circunstancias se producirá la efeméride que se avecina.

Un eclipse lunar se produce, como ya se ha expuesto, cuando el satélite se sumerge en el cono de sombra que la Tierra proyecta en dirección contraria a la que se encuentra el Sol. Pero hay una zona en la que los rayos del Sol sólo son bloqueados parcialmente, y no en su totalidad, porque la estrella es mucho más grande que nuestro planeta. Es el mismo fenómeno que se puede observar en la fotografía de la derecha, en la que la sombra de la mano (y la del antebrazo) tiene dos zonas claramente definidas: Una más oscura, que es la umbra, y otra periférica en la que la luminosidad del foco no ha sido anulada totalmente. Es una parte que aparece algo más clara, y a esa zona es a lo que se llama penumbra.

La Luna, forzosamente, habrá de pasar por la penumbra antes de ingresar en la umbra, la región más oscura. Hablaremos pues de un eclipse penumbral, y otro umbral. Éste último podrá ser también parcial, cuando la Luna no se sumerge totalmente en el cono de sombra, y total, cuando ocurre lo contrario.

La órbita de la Luna tiene una inclinación de unos 5º con respecto al plano de la eclíptica, que es el que determina la órbita de la Tierra alrededor del Sol. Ambas trayectorias se cruzan en dos puntos, llamados nodos, uno ascendente y otro descendente, según la dirección en la que la Luna se esté moviendo en ese momento.

En los nodos, naturalmente, es mucho más fácil la alineación de los tres astros en línea recta, y esto es lo que provocará el eclipse; de otro modo, la Luna podría pasar por encima o por debajo de la sombra.

Pero en esta ocasión, la Luna estará en el nodo ascendente, por lo que el satélite cruzará por el mismo centro de la sombra producida por la Tierra. Concretamente, la desviación del centro de la Luna con respecto al eje de la sombra apenas será de 5.3 minutos de arco, sólo una sexta parte del diámetro de la Luna. Por eso la fase de totalidad (el eclipse total) durará 100 minutos, un tiempo inusual por su extensión. Esta ligera desviación será favorable al norte selenita, así es que en las regiones boreales del satélite debería producirse una mayor luminosidad.

La lógica nos dicta que en esta fase de totalidad, el satélite debería volverse invisible, pero esto no es así, pues la refracción de los rayos solares en la atmósfera de nuestro propio planeta se ve reflejada en la superficie de la Luna, apareciendo de un color rojizo, que puede tornarse grisáceo dependiendo de las condiciones en las que se encuentre nuestra atmósfera. En este caso, las erupciones de los últimos volcanes, en Islandia, México y Chile, deberían provocar que el astro se presente ligeramente oscurecido, probablemente con tonos parduzcos.

Un observador situado en ese momento sobre la superficie de la Luna, tendría la impresión de que la Tierra está envuelta en llamas, pues estaría asistiendo a un eclipse de Sol causado por nuestro planeta.

Es importante detenerse en la declinación que presentará la Luna en ese momento. Es ésta una magnitud similar a la latitud terrestre, y nos da una idea de la altitud que tendrá con respecto al horizonte. En este caso, el satélite se situará a unos -23º, que equivale, aproximadamente, a la altitud que presenta la Constelación de Escorpio, es decir, estará bastante baja para los observadores boreales, y en todo lo alto para los australes. Para los residentes en la isla de Madagascar, se situará prácticamente sobre sus cabezas (en el cénit).

A continuación he incluido el horario, en tiempo universal, en que comenzará cada una de las fases del eclipse. Usted deberá adaptarlos a su hora local. Por ejemplo, los residentes en Cádiz (y en toda la España peninsular), tienen que sumar dos horas (UTC+2).

Contactos UT
Inicio del eclipse penumbral 17:25
Inicio del eclipse parcial 18:23
Inicio del eclipse total 19:22
Medio del eclipse total 20:13
Final del eclipse total 21:03
Final del eclipse parcial 22:02
Final del eclipse 23:01

Duración del eclipse penumbral: 5 h 36 m 12 s
Duración del eclipse umbral…..: 3 h 39 m 19 s
Duración del eclipse total……..: 1 h 40 m 13 s

Éste es el comienzo del eclipse, en su fase penumbral (17:25 UT). La Luna disminuirá su brillo de forma casi imperceptible, pues comenzará a sumergirse en la penumbra. Desde la Península Ibérica no podrá observarse, pues el satélite aún estará bajo el horizonte y todavía será pleno día. Repare en la posición austral de la Luna, que hará que aparezca bastante baja sobre el horizonte del Hemisferio Norte.

Se inicia el eclipse parcial (18:23 UT). En este momento es cuando la mayoría de los observadores podrán notar los primeros efectos del eclipse, pues ya el satélite comienza a oscurecerse del todo por su limbo occidental. En España y en la totalidad del continente americano aún es de día y la Luna sigue sin aparecer por el este. En pocos minutos (18:31 UT) la sombra de la Tierra sobre la Luna alcanzará al cráter Aristarco, oscureciéndolo totalmente. A las 18:40 alcanzará a Copérnico, y 10 minutos después a Tycho y Platón.

Ahora, la Luna ya está totalmente oscurecida y comienza el eclipse total (19:22 UT). En estos momentos, nuestro satélite, ya eclipsado, aparece sobre el horizonte en la costa más oriental de la Península Ibérica (región de Barcelona). En Japón y en el este de Asia está amaneciendo, y la Luna se marcha por el oeste; para ellos ha terminado la función. En América, es de día.

A las 20:13 UT, la Luna alcanza el punto medio del eclipse, al llegar justo al centro del cono de sombra que proyecta la Tierra. Ahora sí, en toda la Península Ibérica podrá verse, pues ya habrá efectuado su orto por el este, aunque muy baja, y para observarla tendremos que buscar paisajes desprovistos de obstáculos visuales hacia el sureste. La Luna está en el cénit de los habitantes de la Isla Reunión y de la Isla Mauricio, todavía en el Océano Índico. En Londres y en las costas más orientales de Brasil está anocheciendo, y también comienza a vislumbrarse el satélite. Por el contrario en Nueva Zelanda se hace de día, y también dejan de ver el fenómeno.

21:03 UT: Se ha terminado el eclipse total, y la Luna empieza a aparecer parcialmente iluminada otra vez, poco a poco, cada vez más. Aristarco reaparecerá a las 21:08, Copérnico a las 21:20 y Tycho y Platón a las 21:29 UT. Ya ha anochecido en toda la costa atlántica del cono sur americano, y por el contrario en el norte de Escocia y de la Península Escandinava aún es de día, y se han perdido la fase de totalidad. Amanece en el oriente de Australia.

Ahora la Luna ya está otra vez iluminada por completo, aunque con su brillo ligeramente disminuido, de forma imperceptible. Son las 22:02 UT, y ha terminado el eclipse parcial, aunque la Luna aún sigue en la penumbra, es decir, está en un eclipse penumbral. En la mayor parte del continente americano aún es de día y en España, a pesar de haber sobrepasado la medianoche (00:02 del día 16, hora local), la Luna aún no ha alcanzado su tránsito por el sur.

Por fin, ésta será la situación al final del eclipse (23:01 UT). La Luna habrá abandonado la sombra y recuperará todo su esplendor, pues no olvidemos que está en fase de Luna llena. Los observadores del continente africano, Oriente Medio y Asia Central son los que en esta ocasión han tenido más suerte. Al contrario, los residentes en Centro y Norteamérica, y parte de Sudamérica, han sido los menos afortunados. A partir de ahora, el astro entrará en cuarto menguante, hasta que el día 1 de julio, ya en fase de Luna nueva, eclipse al Sol parcialmente.

Antes y después del eclipse, la Luna llena brillará hasta el punto de deslumbrarnos e impedirnos la visión de las estrellas de la región por la que transita. Pero una vez eclipsada, podremos comprobar que se encuentra en la mejor de las ubicaciones por cuanto se separa muy poquitos grados del centro galáctico, y está en plena Vía Láctea, a los pies de Ophiuco, entre las constelaciones de Sagitario y Escorpio. A sólo 15º de distancia, en dirección oeste, encontraremos a Antares, la supergigante roja del Escorpión. Shaula estará a 14º, hacia el sur, y a sólo 8º al sureste, podremos encontrar las brillantes nebulosas de Sagitario, como la Trífida y la de la Laguna. Altair estará a 46º hacia el nordeste.

Hay que anotar, por último, que la observación de un eclipse de Luna no reviste ningún tipo de peligro. Podemos disfrutar de él a nuestro antojo, a simple vista, con prismáticos o con telescopios, sin temor alguno. No ocurre así con el eclipse de Sol, con el que hay que extremar las precauciones, para no dañar seriamente y de forma irreversible a nuestros ojos.

¡Que disfruten de cielos despejados y de una feliz observación!

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Los mares de la Luna

Posted in Luna on 17 abril, 2011 by bitacoradegalileo

Galileo tenía razón. Una vez más. El mundo aristotélico, según el cual todo el Universo, a partir de la Luna y más allá, se componía de estructuras perfectas, esto es, esferas sin alteraciones y órbitas totalmente circulares, resultó ser una quimera.

Efectivamente, si observamos al satélite sin la ayuda de instrumentos ópticos que mejoren la visión a ojo desnudo, nos dará la impresión de un disco plano, sin accidentes que perturben la aparente planicie que se nos ofrece en la totalidad del astro. Pero esta percepción es engañosa, como mostró al mundo Galileo Galilei. Así, cuando en el invierno de 1.609 el genial astrónomo toscano dirigió su telescopio de 20 aumentos hacia la Luna, y se detuvo en el terminador del satélite, pudo ver montañas que incluso se atrevió a pronosticar de 7.000 metros de altura, que para la época suponían estructuras más elevadas que las conocidas en nuestro propio planeta. Pudo entonces distinguir entre estas terrae (tierras en latín, plural de terra), de color claro, de otras más oscuras, a las que llamó maria (mares, plural de mare), por creer que eran enormes extensiones cubiertas por agua, similares a los mares y océanos terrestres.

Esta denominación subsiste en la actualidad, a pesar de que hoy sabemos que en realidad están cubiertas por el basalto que surgió del interior del satélite consecuencia del intenso bombardeo que sufrió la Luna miles de millones de años atrás. Ya Galileo nos mostró dibujos que nos enseñaron notables diferencias en el aspecto de sus distintas regiones.

Si elevamos nuestra vista hacia el hermoso astro, rápidamente podremos distinguir zonas oscuras, que han estimulado la imaginación de muchos, pues creyeron ver en esas formas figuras como un conejo, un hombre, un escarabajo, o una mujer en la tranquila lectura de un libro.

Yo no soy capaz de imaginar tanto, pero sé que lo que uno podría encontrarse por aquel mundo podría superar la imaginación más atrevida. Una doncella que me enamoró a primera vista (Promontorium Heraclides en Sinus Iridum), una temible serpiente (Vallis Schröteri), o un anillo de compromiso (Gassendi), por no hablar del acero limpio y afilado de una antigua pero cuidada, y sin embargo amenazadora espada (Rupes Recta) en medio de un mar de nubes (Mare Nubium).

Desde hace unos 4.600 millones de años, cuando el Sistema Solar aún estaba en proceso de formación, una miríada de rocas todavía vagaban expuestas a una vorágine de fuerzas contrapuestas, diríamos que “desafinadas”; muchas de ellas impactaron sobre la Luna, formando la multitud de cráteres que hoy presenta.

Entre 3.800 y 3.100 millones de años atrás, tuvo lugar la colisión de los mayores de estos meteoritos, que formaron grandes cuencas fracturando la corteza del satélite. Afloraron entonces a la superficie grandes cantidades de lava, que al precipitar sepultaron los cráteres menos prominentes, y originaron regiones de la Luna de un aspecto más oscuro, pues el basalto que componía la lava carece del albedo del material que compone las tierras altas de la corteza, al que se le llama regolito.

La distribución de las zonas inundadas por la lava no es regular, ni mucho menos. Los mares de la Luna son mucho más frecuentes en su cara más cercana, mientras que la llamada cara oculta, o cara lejana, carece casi por completo de estas formaciones. Dos son las razones que se pueden aducir para explicar este fenómeno: En primer lugar, la propia Tierra actuó como parapeto para las colisiones posteriores a su formación, mientras que en la otra cara seguían impactando meteoritos. Por otro lado, la mayor densidad del basalto en los maria hizo que esas zonas se orientaran hacia nuestro planeta por el mayor efecto de la gravitación hacia las regiones más masivas.

El catálogo de estas regiones incluye un solo oceanus y diversos maria, algunos más destacados que figuran etiquetados en la fotografía precedente. Pero también otras formaciones oscuras inundadas por el basalto tienen el mismo origen, y se engloban bajo diferentes denominaciones, entre las que cabe destacar sinus (bahías), palus (pantanos, marismas o lagunas) o lacus (lagos). Sinus Iridum (Bahía de los Arco Iris), Palus Somnii (Laguna del Sueño) o Lacus Mortis (Lago de la Muerte) son algunos ejemplos. También existen otros maria de menor entidad.

Muchos de estos maria tienen forma más o menos circular, consecuencia del impacto que los originó, y es frecuente encontrar formaciones montañosas que los rodean a la manera de murallas; también es frecuente encontrar en su interior o en los territorios que los limitan algunos accidentes de importancia; incluso aún presentan los canales por donde discurrió la lava que los inundó. Algunos de ellos tienen una gran importancia selenográfica, por su extensión, origen o características, y otros poseen un notable significado histórico.

Oceanus Procellarum (Océano de las Tormentas) es la que mayor extensión presenta de todas estas regiones. Ocupa gran parte de la mitad occidental del satélite gracias a sus 2.592,24 kilómetros de diámetro y sus más de un millón y medio de kilómetros cuadrados de superficie. Este vasto desierto, anfitrión de la misión Apolo XII en noviembre de 1.969, la segunda tripulada, no está exento de numerosos accidentes de interés, entre los que citaré a Kepler (en el límite con Mare Insularum), y a la magnífica Meseta de Aristarco, con el cráter homónimo (apodado El Faro de la Luna), el vecino Herodoto y el espectacular Vallis Schröteri, donde podremos disfrutar de la sorprendente Cabeza de Cobra. Dada su enorme extensión, los selenógrafos recomiendan comenzar su observación con binoculares. Para empezar, unos 7×30 serán suficientes.

Al sur de la extensa llanura de Oceanus Procellarum, dos atrayentes maria continúan ofreciéndonos sendos interesantes accidentes. Veámoslos.

Mare Humorum (Mar de la Humedad o de los Humores), el más occidental de los dos, es una cuenca bastante circular que aparece rematada en su vertiente norte por una deliciosa formación: El curioso cráter Gassendi, que junto a su satélite Gassendi A forman la llamada Perla de la Luna, uno de los paisajes más atractivos de la Luna. Mare Humorum tiene un diámetro de 419,67 kilómetros y su formación se produjo por el impacto de un gran asteroide hace unos 3.900 millones de años.

Un poco más hacia el este, aunque aún en la mitad occidental del satélite, encontramos al irrenunciable Mare Nubium (Mar de las Nubes), que alberga a Rupes Recta, la espectacular Espada de la Luna, escoltada al nordeste por el interesante trío formado por los cráteres Ptolomeus, Alphonsus y Arzachel. Uno de los rayos del sistema radial del cercano Tycho atraviesa el mare por el oeste. Mare Nubium es una de las cuencas más antiguas de la Luna, aunque los selenógrafos están de acuerdo en que se formó a consecuencia de varios impactos. Es sensiblemente mayor que Mare Humorum, pues mide 714,5 kilómetros de diámetro.

En el norte, y desde Oceanus Procellarum, Sinus Roris (La Bahía del Rocío) facilita el acceso a Mare Frigoris, la más alargada de todas las estructuras de este tipo en la Luna. Con una longitud de 1.446,41 kilómetros (equivalente a la distancia en línea recta entre Madrid y Munich), ocupa toda la franja boreal, en las cercanías del Polo Norte del satélite. Se sitúa al norte de Mare Imbrium, con el que comunica a través de Vallis Alpes, en la región de Platón, El Gran Lago Negro. Aristóteles y Eudoxus anuncian, más al este, la cercanía, también en su orilla sur, de Mare Serenitatis. Mare Frigoris termina, en su vertiente oriental, en las proximidades del dúo formado por Atlas y Hércules.

Mare Imbrium (El Mar de las Lluvias) es un punto y aparte. Situado al este de Oceanus Procellarum y al sur de Mare Frigoris, el fenomenal espectáculo que nos ofrece, particularmente en su orilla septentrional, aunque también en las regiones oriental y meridional, es una colección de regalos de la mismísima Selene. Una sucesión de paisajes que uno tras otro conseguirán sorprendernos cada vez que dirijamos nuestra mirada hacia esta subyugante región. Sinus Iridum (La Bahía de los Arco Iris) y la maravillosa Doncella de la Luna, el cráter Platón y los Alpes lunares, Vallis Alpes o la región de Cassini constituyen un privilegio, un disfrute, un deleite, un banquete de sensaciones inolvidables. El asteroide que impactó en la zona, originando Mare Imbrium, debió ser descomunal. La cuenca, de 1.145,53 kilómetros de diámetro y 1.130.000 kilómetros cuadrados de superficie, se rellenó con una capa de basalto que alcanza los cien metros de profundidad. Esta circunstancia causó una concentración de masa (conocida en inglés como mascon) que altera la órbita de los satélites artificiales enviados por el hombre, debido a su mayor atracción gravitatoria. La colisión además originó la formación de tres anillos concéntricos, el más exterior compuesto por cordilleras que se levantan hasta 7.000 metros por encima del nivel del mare, como ya intuyó Galileo. El Cáucaso en oriente, los Montes Apeninos en el sureste y los Cárpatos en el sur componen un espectáculo increíble. Esta última cordillera separa a Mare Imbrium de Copérnico, El Señor de la Luna. Y llegados a este punto, creo que va siendo hora de pasar al mare siguiente, pues de lo contrario el lector podría pensar que siento una especial predilección por este inigualable Mar de las Lluvias ;-).

La orilla este de Mare Imbrium, aunque fuertemente custodiada por las Montañas del Cáucaso y los Apeninos lunares, nos ofrece el paso a los mares de la mitad oriental del satélite, precisamente en el lugar que divide a ambas formaciones rocosas. Accederemos así al primero de tres mares que conforman un famoso triplete: Serenitatis, Tranquilitatis y Fecunditatis.

Mare Serenitatis (El Mar de la Serenidad) es una cuenca con una forma circular bastante aproximada, que se formó hace unos 3.850 millones de años, en la época en que colisionaron contra la Luna los últimos grandes asteroides, coetáneo de la formación de Imbrium, Tranquilitatis y Fecunditatis, entre otros. También, como Imbrium, tiene un mascon o gran concentración de masa que denota la profundidad de la capa de basalto que lo inundó. Rodeado de montañas, como las del Cáucaso y Apeninos en la orilla oeste, y Taurus en la vertiente opuesta, encontramos los Montes Haemus en el suroeste, formación que sirve para separar esta cuenca de Mare Vaporum (de 242.46 kilómetros). Posidonius, en el límite oriental, es el cráter más destacado, aunque Aristóteles y Eudoxus, al norte de Mare Serenitatis, parece apuntar en la dirección del mare.

Al sureste de Mare Serenitatis encontramos al más famoso de todos los mares de la Luna: Mare Tranquilitatis (el Mar de la Tranquilidad). Su importancia radica en el hecho histórico de ser el lugar donde el hombre pisó el satélite por vez primera. Así, a las 2:56 UTC del día 21 de julio de 1.969, Neil Armtrong, comandante de la misión Apolo XI, desciende del módulo lunar y deja su huella sobre la superficie del mare. Inmediatamente después, le seguirá Edwin Buzz Aldrin, segundo de a bordo. Las coordenadas exactas fueron 0º40’27” Norte y 23º28’23” Este. El mare tiene una forma bastante irregular, y unos contornos muy poco definidos. Su formación data de la misma época que sus vecinos del noroeste, Mare Serenitatis, y del sureste, Mare Fecunditatis, hace unos 3.850 millones de años. Tiene un diámetro de 875,75 kilómetros.

Mare Fecunditatis (El Mar de la Fecundidad) es también conocido como Mare Fertillitatis (El Mar de la Fertilidad). Situado al sureste del anterior, es quizás el menos interesante de los tres. Está delimitado por los cráteres Langrenus al este y Petavius al sur, éste último de 160 kilómetros de diámetro y 3.300 metros de profundidad. Al oeste, los Pirineos lunares le sirven de frontera con Mare Nectaris, y Mare Crisium se sitúa al norte. De estos dos mares me ocuparé seguidamente. Mare Fecunditatis tiene un diámetro de 840,35 kilómetros.

Mare Crisium (El Mar de las Crisis) está situado al norte de Mare Fecunditatis. Se formó en la misma época que los anteriores. Su forma circular es la más perfecta de todos los mares, aunque su cercanía al limbo de la Luna le hace aparecer de forma ovalada. Sólo es la perspectiva. Sí se ve alterado en su interior por un cabo en el sureste, llamado Promontorium Agarum, que se eleva unos 3.350 metros sobre el nivel del mare, que mide 555,92 kilómetros de diámetr. Al norte de Mare Crisium destaca el cráter Cleomedes, de 126 kilómetros. Un interesante sistema radial es el de Proclus, un cráter brillante de sólo 30 kilómetros, pero con 2.700 metros de profundidad, que se sitúa al oeste de Mare Crisium.

Nos queda visitar Mare Nectaris, de 339,39 kilómetros de diámetro. Pero no se lleven a engaño, el hecho de ser nuestra última parada no obedece a su falta de interés o de belleza. Todo lo contrario, va a suponer un broche de oro que estoy seguro les sorprenderá. Su formación data de la misma época que los anteriores, es decir, entre 3.920 y 3.850 millones de años atrás, y a ese periodo se le llama precisamente Periodo Nectárico, a causa de este mare. Su forma no es tan perfecta como la de Mare Crisium, pero también es aproximadamente circular. Destaca Fracastorius en el sur, un cráter de casi 100 kilómetros de diámetro, parcialmente inundado por su pared norte, lo que le hace parecer una bahía. Un poco más abajo, Piccolomini, de 90 kilómetros. Al oeste, Theophilus, Cyrillus y Catharina, el Trío de Ases, forman un conjunto cautivador. La noche que estrené mi primer telescopio, un pequeño refractor de 70 milímetros, el terminador de la Luna estaba sobre estos cráteres. No he podido olvidarlo. Partiendo de las inmediaciones de Catharina, que es el más meridional de los tres integrantes del Trío de Ases, y hasta Piccolomini, se extiende una impresionante muralla, llamada Rupes Altai, resto de uno de los anillos concéntricos que se formaron con el mare, a consecuencia del impacto. Rupes Altai tiene más de 400 kilómetros de longitud, y una altitud media de 1.500 metros, aunque algunos picos alcanzan hasta los 3.000 metros de altura.

Mitología

Selene es la Diosa de la Luna, hija de Hiperión y Tea, y hermana de Helios (el Sol) y Ea (la Aurora). Es la divinidad del plenilunio, mientras Artemisa representa a la Luna creciente y Hécate a la Luna nueva. Selene se enamoró de un mortal, un cazador o pastor llamado Endimión, y pidió a Zeus la inmortalidad para su amado. Vivieron entonces un romance apasionado, fruto del que tuvieron una numerosa descendencia, cincuenta hijos.

El nombre de esta diosa es la raíz para vocablos como selenitas, como eran llamados los supuestos habitantes de la Luna, o selenólogos, como se conoce a los estudiosos del satélite, en oposición a los geólogos para la Tierra. El elemento químico Selenio tiene ese nombre en su honor.

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Rupes Altai, la Muralla de la Luna

Posted in Luna on 3 marzo, 2011 by bitacoradegalileo

Entre la quinta y la sexta noche después del novilunio, el terminador lunar, es decir, la línea que separa el día de la noche en el satélite, ha dejado ya por completo al descubierto Mare Nectaris, y se sitúa sobre el famoso Trío de Ases, compuesto por Theophilus, Cyrillus y Catharina, y al sur de este último cráter nos ofrece el mayor acantilado de la Luna: Rupes Altai.

El vocablo Rupes es una palabra que procede del latín, y que significa roca. De él deriva el adjetivo rupestre. Con este término, en el estudio de la orografía planetaria (me niego a utilizar el término geología fuera de la Tierra), los astrónomos designan las discontinuidades bruscas del terreno, más o menos rectilíneas, que encontramos en los planetas rocosos (Mercurio, Venus, la Tierra y Marte), además de en la Luna y otros satélites, como Miranda y Titania, que orbitan al planeta Urano. Son notables Rima Discovery (arriba a la derecha), en Mercurio, una escarpadura de 2.000 metros de desnivel y 350 kilómetros de longitud, que se originó como consecuencia del enfriamiento de la corteza del planeta en la época en que éste se formó, y Rupes Recta (izquierda), una falla tectónica en nuestro propio satélite, conocida como La Espada de la Luna. Ambos accidentes, junto a Rupes Altai, son los tres más conocidos de esta naturaleza. En la Tierra, fue famosa la legendaria Rupes Nigra, una supuesta gran roca negra situada en una isla que ocupaba el Polo Norte, compuesta por un enorme imán, que sería la responsable del comportamiento de las brújulas, al señalar el Polo Norte magnético desde cualquier lugar. Rupes Nigra aparece incluso en los atlas debidos a Gerardus Mercator y sus sucesores durante los siglos XVI y XVII.

Rupes Altai (24ºS 22ºE) es una formidable formación montañosa, que ha recibido el apelativo de La Muralla de la Luna, y que se extiende a lo largo de más de 400 kilómetros, desde la pared occidental del notable cráter Piccolomini (30ºS 32º E), en dirección noroeste, hasta las cercanías de Catharina (18ºS 24ºE), el más meridional de los tres cráteres integrantes del Trío de Ases.

Causado por el impacto de un meteorito, Piccolomini es un cráter muy notable, tanto por su tamaño, de 87 kilómetros de diámetro, como por su profundidad, pues llega a alcanzar los 4.500 metros en sus paredes más altas. También es destacable su conglomerado de picos centrales, cuyas alturas llegan a superar los 2.000 metros sobre el suelo, y sus terrazas finas y suaves. Es un cráter relativamente joven, pues con seguridad se formó posteriormente a Rupes Altai, y su antigüedad debe cifrarse entre 3.200 y 3.800 millones de años.

Efectivamente, Rupes Altai se originó a consecuencia del tremendo impacto del meteorito que formó la cuenca de Mare Nectaris y su posterior inundación de la lava basáltica que emergió del interior del satélite. La colisión causó violentos movimientos sísmicos (lunamotos) y plegamientos en la corteza, que tuvieron como consecuencia la aparición de un anillo alrededor del mare, del cual Rupes Altai es el último vestigio. El anillo detuvo la expansión de la lava, y ésta es la razón de la diferente fisonomía que ofrecen las dos vertientes de la muralla.

Debió ocurrir hace unos 3.920 millones de años, inaugurando así el llamado Periodo Nectárico, una corta era selenológica de unos 70 millones de años de duración, que se sitúa en una posición intermedia en la escala de tiempo de la Luna.

No hay acuerdo entre los diferentes autores con respecto a la longitud de la muralla, pero todas las fuentes coinciden en concederle una cifra superior a los 400 kilómetros. Algunos incluso van más allá de 500 km. La altura media de sus picos es de 1.500 metros, pero alcanza los 3.000 en algunos puntos, particularmente en la mitad sur, más próxima a Piccolomini, donde proyecta largas sombras sobre el suelo circundante, sobre todo con la luz rasante del anochecer en la Luna menguante del vigésimo día después del novilunio. Más al norte hay una leve interrupción, camino de Catharina, que da la falsa sensación de un desfiladero que comunica ambas vertientes. Prosiguiendo hacia el noroeste, la altitud de la muralla parece disminuir, para morir en las inmediaciones de Catharina. Éste cráter ya fue estudiado por La bitácora de Galileo en el artículo citado sobre Los Tres Ases. Las dos vertientes, como ya apunté, presentan diferente aspecto. El oriental más bien se asemeja a una playa de finas arenas provenientes de los cráteres cercanos y de los restos de la lava que inundó el cercano Mare Nectaris. Por el contrario, la vertiente occidental aparece más abrupta y accidentada, pues la lava no llegó hasta esa región al ser detenida por las elevaciones de Rupes Altai. Por fin, uno de los rayos de Tycho atraviesa la zona; el material fue ayudado a llegar hasta aquí (unos 1.300 kilómetros de distancia) por la rotación del astro y la baja gravedad.

Epónimo

Rupes Altai toma su nombre de una extensa cordillera de Asia central, los Montes Altai, que se extiende por territorios de Rusia, Mongolia, China y Kazajistan, ofreciendo hermosos paisajes. El macizo es el lugar de nacimiento de numerosos ríos, entre los que cabe citar el Obi y el Yenisei.

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Mare Imbrium oriental: Cassini

Posted in Luna on 23 enero, 2011 by bitacoradegalileo

Mare Imbrium (el Mar de las Lluvias) es una extensa cuenca de impacto que ocupa gran parte del cuadrante noroccidental de la cara visible de la Luna. El segundo mare más grande de todo el satélite, no es sin embargo el más célebre, honor que corresponde a Mare Tranquilitatis por la importancia histórica que supone haber sido el lugar donde alunizó la misión Apolo XI. Pero Mare Imbrium es sin duda el más interesante de todos, pues su contorno está lleno de notables accidentes, cráteres prominentes, cadenas montañosas y bellísimos parajes entre los que destaca Sinus Iridum, lugar donde las sombras del Promontorium Heraclides forman la Doncella Lunar, o el Gran Lago Negro que forma el cráter Platón y los Alpes Lunares, con el enigmático Vallis Alpes, formaciones rocosas como Montes Recti, Montes Tenerífe o Mons Pico, que completan el paisaje del norte. Al oeste no tiene claramente definidos sus límites, pero algo más allá, ya en Oceanus Procellarum, encontramos a Aristarco, el Faro de la Luna, con su curiosa meseta y la espectacular fisura que forma Vallis Schröteri, la cobra de la Luna. Al sur, los montes Cárpatos separan al mare del gran Copérnico, el Señor de la Luna que, con su destacado sistema de rayos, es posiblemente el cráter más conocido de toda la superficie selenita. Todos estos lugares han sido visitados, en uno u otro momento, por diferentes artículos de La bitácora de Galileo y el lector puede volver sobre ellos pulsando sobre los enlaces que figuran en color anaranjado.

Es obvio, sin embargo, que el recorrido por los aledaños de Mare Imbrium no está completo: Nos falta visitar la vertiente este, donde encontraremos también, para variar, curiosos accidentes en forma de circos de distinta procedencia, así como enormes cordilleras montañosas, con altitudes insospechadas en un astro que, prima facie, y a ojo desnudo, parece totalmente llano. Me propongo, con esta entrega, cerrar el círculo de los cuatro puntos cardinales en el más hermoso de todos los maria que existen en la Luna, y que también ostenta para mi gusto el nombre más atractivo: El Mar de las Lluvias. Serán Cassini, Theatetus y el conjunto de los tres cráteres conocidos como El Triple A, junto con los Montes Cáucaso y los Apeninos, y el final de los Alpes, con el Promontorium Agassiz, los accidentes que más llamarán nuestra atención. Pero vayamos con más calma, no sea que convirtamos el artículo en una competición de velocidad.

A la derecha de Cassini, Mare Imbrium encuentra su límite oriental en los Montes Cáucaso, una cordillera de 550 kilómetros con alturas que superan los 6.000 metros. Esta formación separa la región de Mare Serenitatis, y se extiende en dirección norte-sur, para continuar, tras una breve discontinuidad a la altura del cráter Autolycus que permite el paso entre ambas cuencas, con los Apeninos lunares, que con alturas superiores a 5.000 metros se extienden a lo largo de 600 kilómetros hacia el suroeste. Ambas cordilleras se formaron en el momento en que el impacto del fenomenal meteorito formó la cuenca de Mare Imbrium, hace unos 3.850 millones de años.

Todavía cercan a Cassini otras dos notables formaciones rocosas; se trata del Promontorium Agassiz y el Mons Piton. El primero de ellos es el extremo sur de la cordillera de los Alpes Lunares que, al noroeste de Cassini, forma un impresionante precipicio que se eleva unos 2.270 metros sobre la superficie de Mare Imbrium. El solitario Mons Piton se sitúa justo al oeste, y proyecta sus largas sombras sobre el mare gracias a sus 3.000 metros de altura, sobre todo con luz rasante.

La zona es bastante rica en cráteres y circos interesantes, a pesar del reducido espacio que tratamos. Rendiremos visita a los más notables, y trataré de presentárselos.

El más interesante de todos, aunque no el más grande, es Cassini. Es un cráter de impacto, de 57 kilómetros de diámetro, aunque si tenemos en cuenta sus murallas exteriores mide hasta 88 kilómetros. Sus coordenadas, próximas a los 40º N y 5º E, equivaldrían a la situación en la Tierra de la isla de Menorca, en el archipiélago de las Baleares, así es que resulta fácil su localización 7 días después de la Luna nueva, al amanecer en la zona, o tras 7 de la Luna llena, cuando anochece. El cráter parece que se formó al tiempo que Mare Imbrium, así es que tiene una antigüedad entre 3.700 y 3.900 millones de años, pues está inundado por el basalto que en forma de lava también originó el piso del mare. El contorno es circular, con paredes delgadas y no demasiado elevadas: unos 1.200 metros, como altura media, y en algunas zonas presenta murallas dobles y hasta triples, que se ensanchan hacia fuera. El interior es liso, aunque jalonado por diferentes cráteres de impactos, posteriores a la creación del propio Cassini, entre los que destacan especialmente dos: En el noreste encontramos a Cassini A, de 15 kilómetros, del que parte una cadena montañosa en dirección sureste, aunque siempre en el interior de Cassini. En el suroeste está Cassini B, algo más pequeño, de 9 kilómetros y al noroeste, ya fuera de Cassini en dirección a Agassiz, Cassini M, de 8 km.

Ya abandonando Cassini, y en dirección sureste, hay una zona llamada Palus Nebularum (Laguna de las Nubes), donde encontramos a Theaetetus, un cráter de 25 kilómetros de diámetro, pero bastante profundo: 2.500 metros.

Si continuamos nuestro viaje hacia el suroeste, encontraremos un grupo de tres cráteres, cuyos nombres comienzan por la letra A: Arquímedes, Aristillus y Autolycus. Por esta razón, al conjunto se le conoce como El Triple A. El primero de ellos es el mayor de los tres, y también el más grande de la región:

Arquímedes es un extenso circo, de 83 kilómetros de diámetro, cuyo origen es volcánico y no meteórico. La actividad volcánica en la Luna fue breve pero intensa, como lo demuestran las extensas regiones inundadas por el basalto procedente de la lava de los volcanes, pero ya está extinguida. Arquímedes presenta un piso bastante llano y regular, aunque con múltiples alfilerazos producidos posteriormente por el bombardeo de meteoritos. Las paredes, de unos 2.100 metros de altura, son bastante regulares, aunque de aspecto pedregoso, y con una peculiaridad: se aterrazan hacia el exterior, y no hacia dentro como estamos acostumbrados a ver (véase Tycho, por ejemplo). Hacia el sur, y partiendo de las mismas murallas del cráter, se extienden los Montes Arquímedes.

Autolycus es el menor de los tres integrantes del Triple A. Es un cráter que tiene un perímetro muy regular y algún pequeño cratercillo en su interior. Aristillus, sin embargo, es mucho más interesante, pues se alza sobre una colina y sus paredes, de 3.800 metros, resultan abismales. En su centro se distinguen hasta siete picos, en forma circular, visibles sobre todo al octavo día de lunación.

Epónimos

Los Montes del Cáucaso son una cadena montañosa que dividen a Europa de Asia, y se extiende por territorios de la Federación Rusa, Georgia, Armenia y Azerbaiyán.
Los Apeninos son la mayor cadena montañosa de la Península Itálica.
Promontorium Agassiz tiene ese nombre en honor de Jean Louis Rodolphe Agassiz, zoólogo y geólogo suizo-norteamericano del siglo XIX, descubridor de la edad del hielo en la Tierra, y que se opuso durante toda su vida a la teoría de Darwin.
El nombre del cráter Cassini hace honor a dos astrónomos: El italo-francés Giovanni Cassini, autor de la famosa Doncella en Sinus Iridum, y el francés Jacques Cassini, ambos nacidos en el siglo XVII y desaparecidos el XVIII.
Arquímedes es el matemático griego, nacido en Siracusa, que enunció su famoso Principio de Arquímedes. Vivió durante el siglo III antes de Jesucristo.
Theaetetus, Autolycus y Aristillus fueron también matemáticos y astrónomos griegos que vivieron en los siglos III y IV antes de Cristo.

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Giordano Bruno: En la cara oculta de la Luna

Posted in Luna with tags , on 16 noviembre, 2010 by bitacoradegalileo

De todos es conocido que la Luna da vueltas alrededor de la Tierra. Por eso decimos que es el único satélite natural que posee nuestro planeta. También es bastante conocido el hecho de que en este viaje, la Luna siempre nos presenta la misma cara, debido a que tarda el mismo tiempo en dar una vuelta sobre sí misma que en dar la vuelta a la Tierra. Es el mismo efecto por el que un burro dando vueltas alrededor de una noria presentará siempre la misma oreja al eje del artilugio.

Esta circunstancia determina, naturalmente, que la otra cara permanezca siempre oculta, y no sea accesible a la observación de los aficionados desde donde nos encontramos. De hecho, no se obtuvieron imágenes de ella hasta que las naves espaciales pudieron llegar hasta allí y fotografiarla directamente. La cara oculta (far side para los angloparlantes) es mucho más brillante, pero menos atractiva que la nuestra, por así decirlo.

¿Significa esto que estamos limitados a observar sólo el 50 % del satélite?. La respuesta es que no. Es decir, no exactamente, y para entender esto debemos introducir un nuevo concepto, que ya no resulta tan conocido: Las libraciones lunares.

Pulse sobre la imagen de la derecha para ver una animación.
El movimiento de la Luna alrededor de nuestro planeta es muy complicado. Intervienen en él cientos de variables, desde el influjo gravitatorio de Júpiter (por ejemplo) a la inercia de las mareas terrestres. La atracción del Sol, la inclinación del eje de rotación y del de su órbita, la velocidad cambiante debido a las Leyes de Kepler y otros muchos factores producen un balanceo a izquierda y derecha, que nos permite ver un poco más allá de 90º de ambos puntos cardinales. Es la libración en longitud. Lo mismo ocurre con los polos, que también sufren un vaivén arriba y abajo, produciendo la libración en latitud. Todos estos movimientos nos permiten observar, en su conjunto, hasta cerca del 60% de la superficie lunar.

El fenómeno de las libraciones lunares nos proporciona una perspectiva más favorable de los accidentes que están muy próximos al limbo, y que aparecen casi de canto en condiciones normales. Pero además, obtenemos casi tres millones y medio de kilómetros cuadrados adicionales para nuestra observación directa, en los que encontramos nuevos e interesantes accidentes selenográficos. Uno de ellos, el cráter Giordano Bruno, tiene una historia muy particular.

Era el domingo 18 de junio de 1.178, hace más de 8 siglos, aunque es muy probable que esta fecha esté referida al antiguo calendario juliano, que corresponde a una semana después, el 25 de junio, en el gregoriano actual. En todo caso, la Luna estaba en cuarto creciente y el Sol sólo hacía una hora que había desaparecido. Cinco monjes de la Abadía de Canterbury conversaban en el claustro, observando a la vez a la Luna cuando, de repente, una explosión partió en dos el cuerno superior del satélite. Gervasio de Canterbury, cronista de la época, nos lo cuenta:

Hoc anno, die Dominica ante Nativitatem Sancti Johannis Baptistae, post solis occasum, luna prima, signum apparuit mirabile, quinque vel eo amplius viris ex adverso sedentibus. Nam nova luna lucida erat, novitatis suae more cornua protendens ad orientem ; et ecce subito superius cornu in duo divisum est. Ex hujus divisionis medio prosilivit fax ardens, flamam, carbones et scintillas longius proiciens. Corpus interim luna quod inferius erat torquebatur quasi anxie, et, ut eorum verbia utar, qui hoc michi retulerunt et oculis viderunt propriis, ut percussus coluber luna palpitabat. Post hoc rediit in proprium statum. Hanc vicissitudinem duodecies et eo amplius repetiit, videlicet ut ignis tormenta varia sicut praelibatum est sustineret, iterumque in statum rediret priorem. Post bas itaque vidasitudines, a cornu usque in cornu scilicet per longum seminigra facta est. Haec michi qui haec scribo retulerunt viri illi qui suis hoc viderunt oculis, fidem suam vel jusjurandum dare parati, quod in supradictis nichil addiderunt falsitatis. En este año, el domingo previo a la fiesta de San Juan el Bautista, luego del atardecer, cuando la luna se hizo visible, un fenómeno maravilloso fue presenciado por unos cinco o más hombres que estaban sentados mirando la luna. Había una brillante Luna Nueva y como es habitual en esta fase, los cuernos estaban inclinados hacia el Este. De pronto el cuerno superior se abrió en dos. En el punto medio de la división emergió una antorcha flameante, que vomitaba fuego, en una distancia considerable, carbones calientes y chispas. Mientras, el cuerpo de la Luna que estaba debajo se retorció, por así decirlo, en ansiedad, y, para ponerlo en las palabras de los que me lo contaron y que lo vieron con sus propios ojos, la luna palpitó como una serpiente herida. Después recuperó su estado normal. Este fenómeno se repitió una docena de veces o más, la flama haciendo varias formas retorcidas y regresando después a su forma normal. Entonces, tras estas trasformaciones, la Luna tomó una apariencia negruzca de cuerno a cuerno. A quien escribe se le entregó este informe por personas que lo vieron con sus propios ojos, y están preparados para prestar juramento de que no agregaron ni falsificaron información en lo mencionado.

Con base en este relato, el experto en meteoritos Jack B. Hartung, del Departamento de Ciencias de la Tierra y el Espacio de la Universidad del Estado de Nueva York, propuso en 1976 que tal evento podría deberse al impacto de un meteorito en la Luna, que habría originado la creación de un cráter considerable. Los cálculos de Hartung inducían a pensar que el cráter tendría al menos 12 km de diámetro, y ocuparía una franja entre los 30 y 60 grados de latitud norte, y dentro de las coordenadas 75 a 105 grados de longitud este. El impacto debía haber originado un sistema de rayos de unos 120 km de longitud, como mínimo.

Las primeras imágenes obtenidas por las misiones Apolo ofrecían la solución: Giordano Bruno. Este cráter tiene 22 km de diámetro, satisfaciendo la primera de las condiciones de Hartung. Sus coordenadas selenográficas son 35.9º N de latitud, y 102.8º E de longitud: Perfecto también. Pero además, su sistema de rayos, de 150 km de radio, superaba en brillo al de Tycho, lo que denotaba sin lugar a dudas una juventud extrema, y la constante lluvia de micrometeoros que caen sobre el satélite, más el viento solar, no habían tenido tiempo de erosionarlo. Todos estos datos hicieron concluir a Hartung que Giordano Bruno se había originado como consecuencia de la explosión observada en 1178, y se erigía de esa forma en el primero y único cráter importante de los que tenemos testimonio directo de su formación.

El cráter aún presenta, en su interior, señales inequívocas de los ríos de lava que se originaron inmediatamente a consecuencia del impacto, y se pueden observar incluso diques que contuvieron en algunas zonas el avance del magma. Elevaciones de altitud desconocida, consecuencia del efecto de rebote sobre el subsuelo, completan un joven paisaje, con paredes aterrazadas cuya profundidad tampoco conocemos. Material fundido y luego precipitado en la superficie y grandes rocas que seguramente regresaron desde las alturas donde fueron eyectadas, también son visibles en las fotografías de alta resolución.

Más recientemente, los analistas de las imágenes transmitidas por el orbitador lunar Kaguya, de JAXA (la Agencia Espacial Japonesa), se han opuesto a estas teorías, tomando como base el cómputo de los pequeños cráteres formados en el interior de Giordano Bruno con posterioridad a la formación de éste. Con este dato, cifran en un millón de años la antigüedad del cráter, ciertamente joven, pero no hasta el extremo propuesto. A este argumento, objetamos los defensores de la teoría de Hartung que esos cráteres de menor tamaño muy bien pudieron originarse en el momento del impacto, al volver a caer sobre la superficie del cráter las grandes rocas que fueron arrancadas por el meteorito. Simplemente, se formaron segundos después de la primera explosión observada desde Canterbury, pues el mismo Gervasio cuenta cómo hubo al menos una docena de repeticiones del resplandor.

También ha habido objeciones por parte de la NASA (la Agencia Espacial estadounidense). Aducen los norteamericanos que un evento de tales dimensiones habría causado una tormenta de meteoritos sobre la Tierra de al menos una semana de duración, y no se tiene constancia de que eso ocurriera. Puede objetarse en contra de este razonamiento, y en favor de Hartung, que si la libración fue lo suficientemente desfavorable, las eyecciones tomarían justo el camino contrario, y el resplandor del impacto hubiera sido igualmente notable. Además, casos como el de Tunguska en Siberia, a principios del siglo XX, contradicen esta objeción, como el de otros muchos impactos de meteoritos sobre la Tierra. Defienden también su posición anotando que el evento no consta en fuentes asiáticas ni amerindias, pero eso no pudo ser, pues en Asia la Luna ya estaba bajo el horizonte, y en América todavía no había anochecido.

En resumen, tengo que encontrar otros argumentos que me hagan renunciar a la encantadora historia de Gervasio de Canterbury, y mientras tanto seguiré subido en el burro de la romántica propuesta de Jack B. Hartung.

El napolitano Giordano Bruno fue un religioso, filófoso, poeta y astrónomo librepensador del siglo XVI, que después de renunciar a la orden de los dominicos, y de diversas estancias en ciudades europeas, estuvo bajo la protección del noble veneciano Giovanni Moncenigo, quien le encargó sentar cátedra. Denunciado por su propio mecenas ante la Santa Inquisición, fue acusado de blasfemia, herejía y conducta inmoral por sus enseñanzas sobre los múltiples sistemas solares y la infinitud del Universo. Después de sufrir ocho largos años de cárcel mientras se preparaba el proceso, fue hallado culpable y quemado vivo en la pira de Campo dei Fuori, en Roma, el 17 de febrero de 1600. Contemporáneo y amigo de Galileo Galilei, su muerte fue usada por los acusadores de este último como amenaza para que el toscano se retractara de sus afirmaciones, también supuestamente heréticas.

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Theophilus, Cyrillus y Catharina: Trío de Ases

Posted in Luna on 20 septiembre, 2010 by bitacoradegalileo

En el cuadrante sudoriental de la cara visible de la Luna, y en la orilla izquierda de Mare Nectaris, encontramos un trío de cráteres, que ha sido llamado “El Trío de Ases” y también “La Tríada de la Luna”, que me fascinó desde la primera vez que tuve la oportunidad de admirarlo desde el pequeño refractor de 70 mm con el que empecé a disfrutar de los paisajes lunares: Theophilus, Cyrillus y Catharina.

El conjunto se revela como el más claro ejemplo de la evolución (o mejor, degradación) de los cráteres con el paso del tiempo, pues muestra distintos grados erosivos, a pesar de la ausencia de agentes atmosféricos en la Luna. Pero el viento solar, compuesto por partículas ionizadas que colisionan a gran velocidad, provoca el deterioro del objeto, como lo hace con una prenda expuesta en un escaparate a los rayos solares.

Mare Nectaris, a cuya orilla se ubica nuestra Tríada, es una antigua cuenca casi completamente circular, de unos 360 kilómetros de diámetro, de fisonomía apacible, llana y sin alteraciones importantes, que se formó hace unos 4.000 millones de años, cuando afloraron a la superficie grandes cantidades de lava como consecuencia del intenso bombardeo de meteoritos y asteroides procedentes del espacio exterior.

Transcurridos cinco días después de la Luna nueva, el mare será visible en su totalidad, y nos mostrará, en su margen occidental, la atractiva región que contiene a nuestros cráteres, junto con otros interesantes accidentes que seguidamente visitaremos, para mostrar, aunque en forma sucinta, la riqueza paisajística de la zona.

Al norte de Theophilus, por ejemplo, veremos a Sinus Asperitatis, cuyo nombre se debe a su aspecto rugoso, pero que sirve de vestíbulo para el acceso al histórico Mare Tranquilitatis, donde el hombre puso su pie por primera vez en el satélite (170.000 kg de basura, y me voy a callar). Fracastorius (96 km) sirve de frontera sur para Mare Nectaris y más abajo, Piccolomini (90 km de diámetro y 3.700 de profundidad) es el punto de partida de Rupes Altai, una notable y sinuosa formación montañosa que bordea al mare por el suroeste a lo largo de 500 km y con algunos picos de 4.000 metros de altitud, y que viene a terminar en las proximidades de Catharina. Todos estos accidentes, antes o después, tendrán su sitio en estas páginas. La región se ve surcada, desde el suroeste, por uno de los rayos del sistema radial de Tycho.

Catharina, el que ocupa una posición más al sur, es también el más antiguo, y esto se evidencia en sus paredes fuertemente erosionadas y carentes de terrazas. Con un tamaño de 100 kilómetros de diámetro, el fondo está a 3000 metros de profundidad, pues otro impacto posterior aplastó aún más el piso original. En el norte hay otro cráter, llamado Catharina P (46 kilómetros de diámetro), que interrumpe la muralla en ese lugar, y es a su vez aplastado por otro que ocurrió más tarde, al este, que se llama Catharina B (24 kilométros), unido por el sur a Catharina G (17 km). Éstos dos últimos proyectan considerables sombras con luz rasante. No quedan vestigios del pico central. Seguidamente, veamos las características principales de Catharina:

Coordenadas Selenográficas
Latitud 18º S
Longitud 24º E
Dimensiones
Diámetro 100 kilómetros
Profundidad 3000 metros
Edad de la Luna
Amanecer 5 días
Anochecer 19 días

Cyrillus, al norte del anterior, es algo más pequeño (98 kilómetros de diámetro) y presenta un aspecto bien distinto. Terrazas bien definidas denotan que se trata de un cráter mucho más joven. La muralla que lo circunda, de 3.600 metros de altitud, está bien conservada hasta la irrupción de Theophilus en el noreste (a la derecha en la imagen), presencia que demuestra que éste es aún más joven que Cyrillus. El suelo es muy accidentado, y se observan tres picos, con altitudes que superan los 1.000 metros, y entre éstos y aquél hay una grieta. En el suroeste (izda. en la fotografía) está Cyrillus A, un pequeño cráter circular de 17 kilómetros de diámetro. A continuación figuran resumidas las principales características de Cyrillus:

Coordenadas Selenográficas
Latitud 13º S
Longitud 24º E
Dimensiones
Diámetro 98 kilómetros
Profundidad 3600 metros
Edad de la Luna
Amanecer 5 días
Anochecer 19 días

Theophilus es el más destacado de los tres. Con un diámetro de 100 kilómetros, está situado al norte de Cyrillus y es aún más joven que éste, lo que se deduce fácilmente al observar cómo se superpone a él en el suroeste. La impresionante pared de 5.000 metros de altura, con evidentes terrazas, se levanta desde un suelo llano que presenta un macizo central donde se pueden contar hasta cuatro picos, que alcanzan alturas de 2.000 metros y que se extiende a lo largo de 30 kilómetros. Si usted tiene una buena agudeza visual, con unos binoculares de 10 aumentos podrá observarlo, al igual que a sus dos compañeros. En todo caso, con un pequeño telescopio refractor de 50 milímetros de abertura tendrá más que suficiente para admirar una de las joyas más apreciadas del satélite, pues Theophilus es uno de los más destacados cráteres de la cara visible de la Luna. Veamos sus características más notables:

Coordenadas Selenográficas
Latitud 11º S
Longitud 26º E
Dimensiones
Diámetro 100 kilómetros
Profundidad 5000 metros
Edad de la Luna
Amanecer 5 días
Anochecer 19 días

Epónimos

Tanto Theophilus como Cyrillus fueron dos obispos, patriarcas de la iglesia copta de Alejandría, durante los siglos IV y V de nuestra era. Del segundo, sobrino del primero, se dice que fue el responsable de inducir u ordenar el asesinato de Hypatia, la mujer astrónoma más famosa de la Historia.

Catharina hace referencia a Santa Catalina de Alejandría, la patrona de los filósofos cristianos. La imagen, que la representa, es una pintura de Micheangelo Caravaggio.

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