La Nube Grande de Magallanes

Posted in Cielo Profundo with tags , , , on 25 mayo, 2011 by bitacoradegalileo

Cuando Fernando de Magallanes zarpaba del puerto de Sevilla, el 10 de agosto de 1.519, no sólo iniciaba la que habría de ser primera vuelta a nuestro planeta, demostrando así de forma práctica y fehaciente la esfericidad de la Tierra, sino que también partía hacia cielos desconocidos para los 234 marineros que componían la tripulación de sus cinco naves, él incluido. Por eso a Alpha Crucis, la estrella más brillante de la Constelación de la Cruz del Sur, se le conoce en lengua portuguesa como Estrella de Magallanes.

Desde siempre, los navegantes se han servido del cielo nocturno para orientarse, y la Estrella Polar no sólo les ha marcado el norte, sino que midiendo su altitud sobre el horizonte, han podido saber exactamente la latitud a la que se encontraban. No es de extrañar, pues, que los expertos miembros de la expedición magallánica fueran anotando la posición de las estrellas más notables que iban descubriendo conforme avanzaban hacia latitudes australes.

No es difícil imaginarse, pues, al buen marino lusitano, admirando los brillantes cielos al sur del ecuador, y descubriendo más bien antes que después la extensa mancha blanquecina en el cielo que, junto a otra de menor tamaño, en principio debió tomar por nubes, pero que al transcurrir de las noches permanecían en el mismo sitio, aunque un poco más altas conforme avanzaban hacia el Sur. No tardaría demasiado el navegante en darse cuenta de que se trataba de objetos situados mucho más allá de nuestra atmósfera, y pertenecientes por lo tanto al Universo exterior, a pesar de lo cual la llamó La Gran Nube, en contraposición a su aparente compañera, mucho más reducida. que recibió el nombre de la Pequeña Nube. Fue así como las civilizaciones europeas de la época tuvieron la primera noticia de la existencia de estos objetos.

Aunque ambas galaxias, pues esto es lo que son, eran conocidas desde la Antigüedad por los pueblos que habitaban el Hemisferio Sur, dado su destacado brillo, fue sin embargo el genial astrónomo persa Abd Al Rahmann Al-Sufí quien, viajando al sur del Yemen, tomó nota de la Gran Nube en el año 964 de nuestra era, en su Libro de las Estrellas Fijas. Desde Bagdad, ambas Nubes resultaban inaccesibles por su fuerte latitud austral, así es que buscó tierras yemeníes, situadas a 13 ºN de latitud, donde las pudo observar a unos 6º de altitud sobre el horizonte. Fueron conocidas como Nubes del Cabo por los marineros portugueses, holandeses y daneses que doblaron el Cabo de Buena Esperanza navegando hacia la India. Parece ser que también Américo Vespuccio pudo observarlas, pues en la crónica de su tercer viaje (1.503-1.504) nos habla de tres objetos, dos brillantes y uno oscuro. Los dos primeros son las Nubes de Magallanes y el tercero es la Nebulosa Saco de Carbón, en la Constelación de la Cruz del Sur, en plena Vía Láctea.

Las etiquetas que figuran en la imagen ayudarán a la orientación de muchas personas, y servirán para la identificación de esos objetos, sobre todo a los residentes boreales que no tienen (no tenemos) la posibilidad de admirar esos cielos, sobre el incomparable marco de las Cataratas del Iguazú. Sí, sí, ya sé que tantas letras estropean la excelente fotografía del genial Babak Tafreshi. Ahí se la repito, totalmente virgen e impoluta:

La Nube Grande de Magallanes (conocida internacionalmente como LMC, del inglés Large Magellanic Cloud) es una galaxia vecina a la nuestra, satélite de la Vía Láctea, que fue considerada la más cercana a nosotros hasta el descubrimiento en 1.994 de la galaxia elíptica enana de Sagitario. Cuando en 2.003 se descubrió también la galaxia elíptica enana del Can Mayor, ésta resultó la más cercana, pasando La Gran Nube a ser la tercera, aunque a sólo 157.000 años-luz, que a escala cósmica es bastante poco. Es una galaxia enana, diez veces más pequeña que la nuestra, que en principio fue calificada como irregular, pero que ha mostrado atisbos de brazos espirales en fotografías de larga exposición:

Su número de estrellas es también diez veces menor, y se le estima una masa equivalente a 10 mil millones de veces la del Sol. Aún siendo una galaxia enana, es la cuarta más grande entre la treintena que forman el Grupo Local, sólo superada por la Galaxia de Andrómeda (M31), la Vía Láctea y la Galaxia del Triángulo (M33). Su diámetro es de 7.000 años-luz.

Recientemente se ha propuesto que tanto la Gran Nube como su aparente compañera, la Pequeña Nube, podrían haber sido robadas por la Vía Láctea a la Galaxia de Andrómeda, tras una pasada colisión de ésta última con algún otro objeto del mismo tipo. También se ha especulado con la posibilidad de que fueran sendas porciones de la Vía Láctea, que rompieron su unidad y adoptaron formas irregulares, alterando su fisonomía espiral.

Actualmente, según la base de datos extragaláctica de la NASA, y siguiendo la clasificación de Edwin Hubble, se considera una galaxia espiral tipo SB (s) m. Las letras SB se refieren a que se trata de una espiral barrada, la minúscula s entre paréntesis quiere significar que no tiene estructura de anillo, y la m denota que carece de bulbo.

La Nube Grande de Magallanes es tremendamente rica en gas y polvo, así es que presenta una gran profusión de nebulosas y zonas de formación estelar, así como innumerables cúmulos abiertos y globulares. Se producen fenómenos de todo tipo, y se han hallado más de 400 nebulosas planetarias, casi 60 cúmulos globulares y más de 700 cúmulos abiertos, amén de centenares de miles de estrellas gigantes y supergigantes. Muchos astrónomos han dedicado toda su carrera al estudio de esta región, que es lo mismo que entregarle toda su vida.

Grandes complejos de nebulosidad difusa que adopta un aspecto granular con formas de capullo rodean a la galaxia por dentro y por fuera. La luz de las grandes estrellas confiere la tonalidad azul al conjunto, pero en el infrarrojo aparece el gas excitado de intensa actividad iónica. El gas frío interestelar calentado por las estrellas circundantes se manifiesta en tonalidades verdosas.

Las imágenes se deben a la acción combinada del conjunto de cámaras infrarrojas (IRAC) junto con el Fotómetro de imágenes multibanda (MIPS) instalados a bordo del Telescopio Espacial de infrarrojos Spitzer.

Entre todos los objetos que podemos encontrar en la Gran Nube de Magallanes, merece ocupar un destacado lugar la llamada Nebulosa de la Tarántula, también conocida como 30 Doradus y como NGC 2070. Situada en la región noreste de la galaxia, se trata del mayor vivero de formación de estrellas de todo el Grupo Local, poseyendo tal luminosidad que, si se encontrara a la distancia a la que está la Nebulosa de Orión (M42), su luz produciría sombras en el suelo. De este extraordinario brillo son responsables, principalmente, dos cúmulos estelares que se encuentran en el interior de la nebulosa y que visitamos a continuación.

RMC 136 (o R136a) es un cúmulo tan compacto que en principio se creyó que se trataba de una sola estrella. El cúmulo ha despojado a la vecindad del gas que contenía, y se muestra ahora envuelta por el vacío, pues los gases que allí estaban son los que han colapsado para formar estrellas muy masivas. Una de sus integrantes, R136a1 parece que tenía la masa equivalente a la de 300 soles, lo que la convertiría en la más masiva que se conoce.

Hodge 301 es el otro cúmulo que citamos. Es una agrupación estelar mucho más vieja, y en él se encuentran estrellas de distintas generaciones. Varias supergigantes rojas se están aproximando a su violento final como supernova.

En el cortorno de la Nebulosa encontramos a SN 1987A, la supernova que explotó en 1.987, la más cercana y brillante de la Astronomía moderna, la primera que pudo ser observada a simple vista en 383 años, desde la explosión de SN 1604, conocida como Supernova de Kepler, todavía en la época pre-telescópica. Como remanente, ahora muestra un objeto central que está rodeado por unos curiosos anillos, que muy bien podrían ser el resultado de la acción combinada de los vientos producidos por dos o más estrellas cercanas.

La Gran Nube de Magallanes alberga estos y otros muchos interesantes objetos (en la fotografía de arriba, la Nebulosa Cabeza de Fantasma), lo cual justifica la fascinación que causa en todo aquél que dirige el tubo de su telescopio, o simplemente su mirada, hacia ese lugar.

Con respecto a la observación por los aficionados, la Nube Grande de Magallanes ofrece una magnitud visual de +0.9, perfectamente visible sin ningún tipo de ayuda óptica. Puede localizarse fácilmente en la frontera entre las constelaciones de Dorado y Mensa, a unos 20º al sur-sureste de la brillante Canopus, la segunda estrella más notable de todo el cielo nocturno. Resulta inaccesible, sin embargo, para los observadores situados más arriba del paralelo 20ºN, dada su fuerte declinación austral, cercana a los 70ºS. Desde Sidney en Australia, Ciudad del Cabo en Sudáfrica o Río de Janeiro en Brasil es, en cambio, circumpolar, y permanece visible sobre el horizonte en cualquier época del año, en cuanto el cielo se oscurece. Su tamaño real de 7.000 años-luz se traduce en unas dimensiones aparentes de 645 x 550 minutos de grado. La Luna llena ocupa unos 30 minutos de diámetro.

Para distinguir detalles en la Nebulosa de la Tarántula se necesita un telescopio con al menos 8 pulgadas de abertura (200 milímetros).

Por último, asusta un poco pensar en la visión que de la Vía Láctea tendría un hipotético habitante de aquel lugar. Vería a nuestra galaxia diez veces más grande de lo que nosotros vemos a la suya.

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Neptuno: Ciclones lejanos

Posted in Planetaria with tags , on 17 mayo, 2011 by bitacoradegalileo

Doce largos años a la increíble velocidad, para un ingenio creado por el hombre, de 14.8 kilómetros por segundo, necesitó la sonda espacial Voyager 2 para salvar los 4.500 millones de kilómetros que separan a la Tierra del lejano Neptuno, último de los planetas del Sistema Solar, convirtiéndose así en la primera y hasta el momento única nave que ha visitado el planeta. El Dios de los Mares, trasladado a los cielos, dista del Sol 30 veces más que la Tierra, es decir, 30 Unidades Astronómicas. Como la luz del Sol tarda en llegarnos 8 minutos a nosotros, resultará que a Neptuno la distancia es de

8 x 30 = 240 minutos

o, lo que es lo mismo, 4 horas-luz, y ése precisamente es el tiempo que tardaron en llegarnos los datos y las imágenes que nos transmitió la Voyager 2.

Con el descubrimiento de Plutón en 1.930, éste pasó a ser el último de los planetas, hasta que la Unión Astronómica Internacional privó a Plutón de la consideración de planeta en su Asamblea General celebrada en Praga en 2.006, y entonces Neptuno recuperó su condición de ser el más alejado de este tipo de astros en lo que a nuestro sistema planetario se refiere. Pero incluso en el periodo comprendido entre 1.979 y 1.999, Plutón irrumpió en la órbita de Neptuno, que en esa veintena de años, también fue el más distante.

Los ocho planetas del Sistema Solar se dividen en dos grupos, separados por el Cinturón de asteroides entre las órbitas de Marte y Júpiter. Los cuatro más cercanos al Sol, llamados planetas interiores, rocosos, telúricos o terrestres (en referencia a la Tierra), son Mercurio, Venus, la propia Tierra y Marte, y un segundo grupo, formado por los llamados planetas exteriores, gigantes gaseosos o jovianos (de Júpiter), entre los que se encuentra Neptuno, junto con el mismo Júpiter, que es el mayor de todos, Saturno y Urano.

Neptuno es el cuarto de mayor tamaño entre todos los planetas de nuestro Sistema Solar, superado por los otros tres grandes planetas gigantes gaseosos, pero con un diámetro casi 4 veces mayor que el de la Tierra, que es el planeta que, a distancia, le sigue en tamaño. Su diámetro ecuatorial es de 49.427 kilómetros (Tierra = 12.756 km).

Descubrimiento

El descubrimiento de Neptuno fue el primero basado en cálculos matemáticos. En cambio, antes de ser identificado como un planeta, ya había sido avistado en los mismos albores de la Astronomía moderna. En efecto, Galileo Galilei tuvo que verlo en sus observaciones de Júpiter durante los años 1.612 y 1.613, pues en esos momentos ambos planetas estaban en conjunción. El pisano, sin embargo, no se apercibió de la naturaleza del astro y lo anotó como una estrella, quizás por la limitación de sus instrumentos, o llevado por el entusiasmo que le provocaría el descubrimiento de los cuatro satélites galileanos, que él llamo planetas mediceos.

Fue el estudio de la órbita de Urano, que había sido descubierto por William Herschel en 1.781, lo que alertó a los astrónomos y matemáticos. El planeta no obedecía las previsiones de la Ley de Gravitación Universal de Isaac Newton, ni tampoco las Leyes de Kepler. Todas esas leyes físicas estaban equivocadas, o algo ocurría más allá. Así las cosas, el astrónomo frances Urbain Joseph Le Verrier y el matemático y astrónomo inglés John Couch Adams, trabajando de forma totalmente independiente, calcularon la posición de un supuesto planeta situado más allá, y que sería el responsable de las perturbaciones en la órbita de Urano, por su influjo gravitacional. Los trabajos de los dos investigadores fueron ignorados por la Astronomía oficial de sus respectivos países, así es que Le Verrier remitió sus resultados al astrónomo alemán Johann Gottfried Galle, quien desde el Observatorio de Berlín no tuvo mayor dificultad en encontrar al nuevo planeta el 23 de Septiembre de 1.846, justamente el primer día en el que se puso manos a la obra, a sólo 1º de distancia de la posición prevista por Le Verrier. Tritón, el mayor satélite del nuevo astro, fue descubierto solamente diecisiete días más tarde. Naturalmente, en la actualidad ambos países, Francia y Gran Bretaña, se disputan el mérito del descubrimiento de Neptuno para sus respectivos científicos. En mi opinión, no hay que olvidar a Le Verrier ni a Adams, como tampoco al alemán Galle a la hora de adjudicar la autoría de esta importante aportación.

Estructura y composición

El centro del planeta es un núcleo en estado sólido compuesto por hierro, níquel y silicatos, entre otros materiales rocosos, con un tamaño mayor que el de la Tierra (7.500 km de radio), a temperaturas superiores a la fotosfera solar (entre 6.500 y 7.000 ºK).

Esto hace que el astro irradie más energía de la que recibe del Sol. No están claras las causas que provocan este calor, y se especula con la posibilidad de que Neptuno aún esté contrayéndose, sin haber acabado el proceso de su formación, de donde procedería esta energía, e incluso con la desintegración de algunos de los materiales del núcleo. A éste lo rodea un manto compuesto por agua, amoníaco y hielo de metano, a una temperatura superior a los 2.000 ºK. A esta mezcla, los astrónomos la llaman hielo a pesar de estar a temperaturas tan elevadas y en estado líquido.

La atmósfera, compuesta mayoritariamente por hidrógeno, helio y gas metano, está a la misma temperatura que la de Urano, a pesar de encontrarse 1.500 millones de kilómetros más alejado del Sol. En las capas altas, las trazas de metano forman nubes, a la manera de los cirros de la Tierra, y son las responsables del característico color azul que presenta Neptuno.

Este excedente de energía parece ser el responsable de la formación en las capas altas de verdaderos ciclones, en forma de diversas manchas en la superficie, en cuyas proximidades se han medido vientos huracanados de hasta 2.000 kilómetros por hora, los más violentos de todo el Sistema Solar. La Gran Mancha Oscura, similar a la Gran Mancha Roja de Júpiter, tenía el tamaño de la Tierra, aunque desapareció en 1.994 y se han formado otras nuevas. En esta zona, el porcentaje de hidrógeno alcanza hasta el 80%.

Sistema de anillos

Desde el mismo descubrimiento de Neptuno, diversas observaciones habían informado de la existencia de un sistema de anillos, similar al de los otros tres grandes planetas gaseosos del Sistema Solar, aunque sin una confirmación definitiva. Estas pesquisas se basaron muchas veces en ocultaciones de estrellas, que dejaban de brillar mucho antes de alcanzar el limbo del planeta. El espaldarazo definitivo a la existencia de estas estructuras lo asestó la visita de la sonda Voyager 2, en 1989. Los anillos, hasta un total de cinco, son estrechos y tenues, y están compuestos por partículas de polvo provenientes de los satélites que pastorean la zona, que han sufrido el impacto de pequeños meteoritos, y así se ha desprendido ese material que ahora los forma. Tres de los anillos reciben el nombre de los descubridores del planeta, Adams, Le Verrier y Galle.

Satélites naturales

Hasta un total de trece satélites naturales de Neptuno conocemos hasta el momento, aunque la mayoría de ellos son pedruscos de formas irregulares con apenas unas pocas docenas de kilómetros de diámetro. De ellos, sólo dos, Tritón y Nereida (radio = 340 km), fueron descubiertos antes de la llegada de la sonda de la Agencia Espacial estadounidense Voyager 2. Ésta aportó el avistamiento de otros seis satélites, en 1.989, a los que se llamó Náyade (29 km), Thalassa (40 km), Despina (74 km), Galatea (79 km), Larisa (104 x 89 km) y Proteo (200 km).

Es Tritón, con sus 3.200 kilómetros de diámetro, el más notable y luminoso de todos ellos, aunque su brillo, de decimotercera magnitud (Mv = +13.6), sólo es accesible desde la Tierra para telescopios de cierta potencia. Con un tamaño casi equivalente al de nuestra Luna, fue descubierto por William Lassell sólo diecisiete días después de que Galle avistara a Neptuno, y su nombre es el de uno de los hijos del Dios del Mar. De ambos dioses, padre e hijo, hablaremos en su lugar. Tritón es un astro muy interesante, dada su singularidad, pues es el único satélite natural importante de todo nuestro Sistema planetario con un movimiento retrógrado, es decir, que gira en dirección contraria al de rotación de su planeta.

La otra razón por la que he afirmado su singularidad es que se trata del astro en el que se han registrado las temperaturas más frías de todo el Sistema Solar: 235 ºC bajo cero, así es que probablemente se componga de una buena parte de hielo, y el resto materiales rocosos. A pesar de ello, tiene una tenue atmósfera compuesta por nitrógeno y algo de metano, e incluso manifiesta una ligera neblina.

Hay en la superficie de Tritón una notable actividad de géiseres, que arrojan al exterior un material desconocido proveniente del subsuelo. Aparecen también surcos, grietas e incluso algunos cráteres, tanto volcánicos como de impacto.

Observación amateur

Neptuno tarda 164.8 años en dar una vuelta completa alrededor del Sol, así es que permanece algo más de 14 años en cada una de las constelaciones del Zodíaco, desplazándose sólo un par de grados por cada año terrestre; es decir, tardaría tres meses en atravesar en su totalidad el disco de la Luna si ésta estuviera fija en el cielo, como lo están, prácticamente, las estrellas. Es bueno saber, por tanto, que en estos momentos el planeta transita por Acuario, donde acaba de ingresar procedente de Capricornio, y allí es donde hemos de buscarlo en los próximos años.

Actualmente, el planeta presenta una magnitud visual de +7.9, y no llega a brillar mucho más, hasta alcanzar un máximo de +7.78, esto es, resulta imposible verlo a ojo desnudo. Sí es posible divisarlo con ayuda de binoculares, pero la tarea de distinguirlo de las estrellas que lo circunden será demasiado ardua, pues sólo lograremos ver un punto brillante que ocupará en el cielo un arco máximo de 2.4”. Por eso se necesitan cartas celestes para su localización, efemérides del planeta o la asistencia de algún programa informático. Stellarium y Cartes de Ciel son dos buenas herramientas, y me he servido de ambas para confeccionar las cartas que aquí les presento.

En la siguiente página figuran todos los datos que se necesitan para localizar a Neptuno con ayuda de círculos graduados:

http://www.surastronomico.com/neptuno

Para lograr ubicar al planeta, tendremos que utilizar bajos aumentos, o sea, oculares de distancia focal más larga, para obtener una mayor amplitud de campo. Una vez localizado, y aplicando entonces la mayor potencia de nuestro telescopio, llegaremos a divisar un pequeño disco de color azul verdoso, pero hemos de olvidarnos de poder ver al sistema de anillos ni a ninguno de los satélites, que resultan demasiado tenues, a excepción hecha de Tritón, que sí se podrá ver en telescopios a partir de 8 pulgadas (200 mm de abertura).

Mitología

Depuesto Saturno y confinado en el Tártaro, sus tres hijos, Júpiter, Neptuno y Plutón, se reparten el dominio del mundo, correspondiendo a Neptuno el gobierno de los mares, y el señorío sobre las tempestades y los terremotos. Se trata de un Dios Olímpico, que en la antigua Grecia equivale a Poseidón. Éste se enamoró de la ninfa Anfítrite, hija de Nereo, es decir, una de las cincuenta Nereidas. Anfítrite en principio rechazó la propuesta matrimonial de Poseidón, pero éste envió al Delfín, quien fue tan insistente que resultó persuasivo y consiguió el sí de la ninfa. En agradecimiento, Poseidón concedió al Delfín un lugar en los cielos (Constelación de Delphinus). Ambos, Poseidón y Anfítrite, engendraron a Tritón, que es el nombre que se dio al primer satélite que se descubrió en órbita del planeta Neptuno.

Poseidón se representa con un tridente, montado en un carro tirado por caballos o por hipocampos, y es un dios con mal genio al que no conviene enojar. Que le pregunten si no a Casiopea, esposa de Cepheo y madre de Andrómeda, que ofendió a las Nereidas al pretender ser más bella que las hijas del sabio Nereo. Anfítrite, que como ya he dicho era una de ellas, pidió a su esposo Poseidón su intervención, y éste envió a Cetus, la ballena, para provocar inundaciones en el reino de Casiopea y Cepheo.

Para terminar, una curiosa coincidencia: Próximamente (a mediados de julio) se cumplen 164.8 años desde el descubrimiento de Neptuno, un año neptuniano, así es que desde entonces el planeta sólo ha completado una vuelta alrededor del Sol, y está en el mismo lugar del cielo donde lo encontró Johann Gottfried Galle.

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Arturo, el Guardián de la Osa

Posted in Estrellas on 10 mayo, 2011 by bitacoradegalileo

Con un suave y delicado color anaranjado, cuando las nieves poco a poco comienzan a ceder paso a los pastos verdes y Orión se retira a descansar bajo el horizonte del oeste, la estrella más brillante de todo el Hemisferio Norte hace su aparición por el oriente para dominar las agradables noches de la primavera boreal.

Arturo, el Guardián de la Osa, es la cuarta estrella más brillante de todo el cielo nocturno, con una magnitud visual de -0.04. Las tres que la superan pertenecen todas al Hemisferio Sur, aunque Sirio puede verse desde casi todo el orbe. No así Canopus, la segunda, que no es observable desde Europa, ni Alpha Centauri, que es más tenue que Arturo pero que al tratarse de una estrella múltiple su magnitud conjunta resulta superior. Pero individualmente considerada, Alpha Centauri brilla con menor intensidad que Arturo. Así, Arturo es la reina de la primavera septentrional, como Capella dominó al invierno y Vega reinará en el verano. Este triunvirato son las estrellas más brillantes al norte del ecuador celeste.

Perteneciente a la constelación de Bootes (El Boyero), Arturo (Alpha Bootis o α Boo) es fácilmente localizable siguiendo la línea curva que describen las tres estrellas que forman la cola de la Osa Mayor.

Se llegará así a una estrella muy notable, la más importante de una constelación relativamente luminosa, donde abundan las estrellas brillantes, aunque realmente pobre en objetos de cielo profundo. El asterismo de Bootes es una figura predominante en el cielo de la primavera, y de gran parte del verano, en todas las latitudes boreales, y también en casi todos los cielos australes. Arturo, en particular, es visible desde todas las zonas habitadas del planeta, gracias a su declinación de +19º, relativamente cercana al ecuador celeste. Destaca en el Boyero una hermosa estrella doble de segunda magnitud, llamada Izar (ε Boo o Epsilon Bootis), que ha sido llamada Pulcherrima (la más bella). Otra de las joyas irrenunciables de nuestros cielos.

Por otro lado, Arturo es el miembro más destacado de los asterismos típicos de esta época del año: El Triángulo de Primavera, formado además por Spica en Virgo y Denébola en Leo, y el Gran Diamante de Virgo, con las tres citadas más Cor Caroli, en la constelación de Canes Venatici.

Con estas indicaciones, y contando con que estamos hablando de una estrella brillantísima, usted no debería tener problemas para localizarla.

Arturo es una estrella gigante, clasificada como K1,5III. Las estrellas de tipo espectral K muestran un color anaranjado, consecuencia de su temperatura entre 3.500 y 5.000 ºK. Arturo arroja mediciones en torno a 4.290 ºK, unos 1.500 grados menos que nuestro Sol. Son gigantes anaranjadas Alderabán en Tauro, Pólux en Géminis y Hamal en Aries, entre otras. Su diámetro equivale a 26 veces el del Sol. Esto se traduce en una luminosidad unas cien veces más intensa que la de nuestra estrella.

Este tamaño, ciertamente gigantesco, queda en cambio ridiculizado si comparamos ambas estrellas con las grandes hipergigantes como Antares, Betelgeuse o VY Canis Majoris.

Su tamaño es la causa de su brillo, y no su proximidad, como se creyó hasta mediada la centuria de 1.800, cuando los métodos paralácticos establecieron que la estrella se encontraba más allá de los 30 años-luz de distancia. Pero no tanto como los 40 años-luz en que se cuantificó cuando, en 1.933, los organizadores de la Feria Mundial de Chicago eligieron a la estrella para concentrar la energía procedente de ella en células fotoeléctricas que sirvieron para el encendido de las luces que inauguraron el evento. Efectivamente, se quiso así simbolizar la otra gran exposición celebrada en la ciudad en 1.893, 40 años atrás. Arturo, en realidad, se encuentra solamente a 36.7 años-luz del Sistema Solar.

La estrella tiene una masa de 1.5 veces la del Sol y es bastante deficiente en metales, pues su contenido en hierro en relación a la cantidad de hidrógeno es sólo una quinta parte de la del Sol. Parece que la evolución hacia la fase de gigante roja aún no le ha hecho perder demasiada masa, aunque ya ha terminado la fusión del hidrógeno en helio en el núcleo y probablemente éste ya haya comenzado a transformarse en carbono como una segunda fase en su estado evolutivo. Es una estrella vieja y se ha apuntado la atractiva posibilidad de que se trate de un miembro de una antigua galaxia que se fusionó con la nuestra hace al menos 5.000 millones de años.

En cuanto a su movimiento propio, es un caso especial, pues se mueve a razón de 2”28 por año, un arco muy superior al que muestran la inmensa mayoría de las estrellas, de una décima de segundo por año. Edmundo Halley descubrió, en el siglo XVIII, que Arturo se había desplazado desde los tiempos de Ptolomeo un ángulo equivalente a dos veces el tamaño de la Luna llena. Así, hace unos 500.000, la estrella no era visible a simple vista, y ahora está en su momento de máximo acercamiento, de manera que dentro de otros 500.000 años tampoco podrá verse desde la Tierra. Además, este desplazamiento le llevará dentro de unos 30.000 años a traspasar el ecuador celeste, convirtiéndose en una estrella austral.

En la década de 1.990, las observaciones del satélite Hipparcos apuntaron la posibilidad de que existiera una compañera estelar, una supuesta Arturo B. Pero los posteriores análisis del comportamiento del astro relativo sobre todo a las alteraciones en su velocidad radial han desechado tal hipótesis, y parece que se trata de una estrella solitaria.

Es necesario citar a las Cuadrántidas, la lluvia de meteoros más intensa que tiene lugar durante todo el año. Su mayor intensidad puede observarse el 3 de enero, y nos ofrece hasta 120 meteoros por hora. Su nombre se debe a la desaparecida constelación de Cuadrans Muralis, que formaba parte de la actual Bootes.

Mitología

La constelación de Bootes representa a un cazador que pastorea a la Osa Mayor, asistido por sus perros de caza, simbolizados por la vecina constelación de Canes Venatici (Los Lebreles). El nombre de Arturo proviene del griego Αρκτοῦρος (Arcturus), que precisamente significa “El guardián del Oso”.

Para terminar, la siguiente ilustración muestra a Saturno a la izquierda y Arturo a la derecha, fotografiados desde la Patagonia chilena. El centro de la imagen lo ocupa la constelación de Virgo, con Spica como estrella más destacada:

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Constelación de Coma Berenices (la Cabellera de Berenice)

Posted in Constelaciones with tags , , , , , on 2 mayo, 2011 by bitacoradegalileo

Tras un discreto atuendo, compuesto por el modesto vestuario de tres débiles estrellas apenas discernibles a simple vista, y como los tesoros más valiosos, que permanecen ocultos en la cripta inaccesible del anonimato, miles de galaxias distantes, a cientos de millones de años-luz, se apelotonan en la región de la Constelación de Coma Berenices, que esconde quizás la leyenda más conmovedora de todas las que pueblan los cielos. Una impresionante agrupación estelar de diez veces el tamaño de la Luna, coquetos cúmulos globulares y presumidas estrellas dobles con llamativos colores nos cautivarán de la misma forma que Berenice añoraba al Rey ausente.

El Cúmulo de Coma está compuesto por más de 3.000 galaxias

Estamos en el imperio de las galaxias, pero Coma Berenices no es una constelación brillante, pues a simple vista no se muestra ninguno de tales objetos. Tres estrellas de cuarta magnitud, en ángulo recto, bien acompañadas por la Agrupación Estelar de Coma, también conocida como Mel 111, servirán para localizar a una constelación de tamaño medio, 386 grados cuadrados, que se integra en casi toda su extensión dentro del Diamante de Virgo, es decir, el formado por las brillantes estrellas Arturo, de la constelación del Boyero, que está al este, Spica de Virgo, que se sitúa al sur, junto con Denebola, en Leo, al oeste, y Cor Caroli, en Canes Venatici, al norte.

Se deja ver en los cielos primaverales, desde marzo hasta agosto, del mismo modo que sus destacadas constelaciones vecinas, y su declinación de 20º Norte permite ser avistada desde casi cualquier punto de la Tierra, incluso desde Tierra de Fuego, aunque ya muy baja sobre el horizonte norte. Relativamente cercana a la eclíptica, en las limítrofes constelaciones de Leo y Virgo, ambas zodiacales, aparecen la Luna y los planetas con frecuencia. Sin embargo, se aleja tanto del plano de la Vía Láctea, que en esta constelación se sitúa el Polo Norte Galáctico, y por eso es tan pobre en estrellas, y sin embargo tan rica en galaxias lejanas.

Es necesario distinguir desde ya, los dos cúmulos donde se concentran la mayor parte de las galaxias, y diferenciarlo claramente de Mel 111. Es éste un cúmulo estelar en proceso de desintegración, situado en los aledaños de la estrella Gamma, que no pertenece al cúmulo. Más al este y más al sur, respectivamente, se sitúan los dos cúmulos de galaxias, uno llamado Cúmulo de Coma, donde predominan las galaxias elípticas, y el Cúmulo de Virgo, que se reparte entre Virgo y Coma Berenices, con mayoría de galaxias espirales.

Estrellas principales

Sólo las tres estrellas que forman el asterismo poseen designación de Bayer, es decir letra griega que las identifique, y, entre ellas, sólo Alpha tiene nombre propio: Diadem. Veremos además dos interesantes estrellas dobles, con número de Flamsteed 17 y 24, que he marcado en la carta celeste anterior.

Diadem (Alpha Com) es una estrella amarilla de cuarta magnitud, aunque se trata de un sistema triple. Las dos componentes principales, que se pueden resolver con instrumentos a partir de 10 pulgadas (unos 250 mm de apertura), tienen magnitud individual +5.1, aunque conjuntamente brillan con la magnitud visual de +4.3. El sistema se sitúa a unos 60 años-luz de distancia y visualmente aparece muy cerca del cúmulo globular M53, aunque éste se encuentra mil veces más lejos. En la fotografía de la derecha, Diadem es la estrella más brillante, debajo, y M53 ocupa el centro de la imagen. El otro cúmulo más tenue, que aparece más arriba, es NGC 5053.

Beta Com es la más brillante de la constelación, con una magnitud visual de +4.26. De tipo espectral G0V, es una estrella amarilla de la secuencia principal, muy parecida a nuestro Sol, aunque ligeramente más caliente, masiva y luminosa, que se sitúa a unos 30 años-luz.

Gamma Com es una gigante anaranjada, la tercera estrella más brillante, muy próxima en la línea visual a la Agrupación Estelar de Coma, pero que no parece pertenecer a él, puesto que probablemente se encuentra mucho más cerca, a unos 170 años-luz, mientras el cúmulo está a 250 años-luz. Parece ser el mismo caso de Aldebarán y las Hyades. Su magnitud es de +4.4.

17 Comae Berenices es una estrella triple, cuyas dos componentes principales tienen la separación suficiente como para resolverla con ayuda de unos binoculares, pues el ángulo entre ellas es de 145” de arco. Son dos estrellas blancas, la más brillante de las cuales tiene una magnitud visual de +5.4 y su acompañante +6.7. Hay una tercera componente del sistema, 17 Comae Berenices C, pero que es muy tenue, de decimocuarta magnitud, y está además a sólo 1”8 de la segunda componente. El conjunto dista unos 250 años-luz de nosotros y forma parte de Mel 111 (Agrupación Estelar de Coma).

24 Comae Berenices es la más bonita de todas, para mi gusto. Tanto, que hace recordar a la mismísima Albireo (Beta Cygni). Sus dos estrellas, de magnitudes respectivas +5.2 y +6.7 están separadas por un arco de 20”3. La más brillante es de color anaranjado, y azul la más tenue. Una delicia, que se puede resolver con prismáticos, y no hace falta que sean demasiado potentes. Su distancia a la Tierra se estima en 614 años-luz.

Cielo Profundo

En los objetos de cielo profundo es donde reside el mayor interés de esta constelación, particularmente rica en galaxias, aunque también nos detendremos en un cúmulo estelar y otro globular. Hasta ocho objetos del Catálogo Messier aparecen en esta región del cielo.

Conocido también como Agrupación Estelar de Coma Berenices, el cúmulo abierto Mel 111 es uno de los más notables del cielo nocturno. Ignorado por Messier en su catálogo y también por el NGC, fue sin embargo recogido por la recopilación de 245 objetos de este tipo que realizó en 1.915 el astrónomo británico de ascendencia belga Philibert Jacques Melotte. Es un cúmulo amplio, de entre 275′ y 5º de diámetro, aunque débil, pues sus estrellas más notables son de cuarta magnitud. Ofrece, sin embargo, una magnitud conjunta de +1.8, lo que le permite ser divisado a ojo desnudo. Situada a 260 años-luz de distancia, es una de las asociaciones más próximas a nosotros, tras las Hyades y la Asociación Estelar de la Osa Mayor. Cuenta con unas 80 estrellas y parece estar descomponiéndose, diluyéndose poco a poco.

M53 es el cúmulo globular más notable de Coma. Este objeto está muy próximo a Diadem (Alpha Com), a menos de un minuto de arco en dirección nordeste. A pesar de estar a 60.000 años-luz de distancia, su gran compacidad lo hace brillar con una magnitud superficial de +7.7, así es que puede verse con telescopios no demasiado grandes. Ocupa en el cielo un diámetro aproximado de 14′ de arco, lo que se traduce en un tamaño real de 250 años-luz de un extremo a otro del cúmulo.

Compuesto por miles de galaxias, entre las que predominan las de tipo elíptico, y conteniendo cada una de ellas miles de millones de estrellas, el Cúmulo de Coma es una formidable agrupación de galaxias situado a unos 320 millones de años-luz de distancia. Son objetos tenues, de undécima magnitud los más brillantes, que necesitan telescopios de al menos 8 pulgadas (unos 200 mm de abertura) para ser observados. Los aficionados a este tipo de astros harán bien en dedicar todo el tiempo necesario a la observación de esta increíble zona del cielo, ayudándose para ello de las cartas celestes y los catálogos adecuados. No hay que confundir este cúmulo con la Agrupación estelar de Coma, Mel 111, que vimos con anterioridad, ni con la región del Cúmulo de Virgo que se adentra en la constelación de Coma Berenices, que también visitaremos detenidamente.

M64 es también conocida como la Galaxia del Ojo Negro, por la región oscura que exhibe, probablemente debida a algún cataclismo en su seno. Con unas dimensiones de 10′ x 5′ de arco, y un brillo superficial de +8.5, es visible con pequeños telescopios, e incluso con binoculares si los cielos son suficientemente oscuros y ofrecen buena calidad para la observación. Está a una distancia de 20 millones de años-luz y es la galaxia más brillante de Coma Berenices. Algunos la han llamado con nombres de dudoso gusto, como el Ojo Morado, e incluso la Galaxia del Ojo Maligno.

La otra gran concentración de galaxias es el llamado Cúmulo de Virgo, que se reparte entre las constelaciones de Virgo y Coma Berenices y en el que, a diferencia del anterior, predominan las de tipo espiral. Encontramos aquí a varios astros catalogados por Messier, y a la espectacular NGC 4651, también conocida como El Paraguas:

La Galaxia del Paraguas es en realidad una galaxia caníbal, devorando a su presa, que es la porción que le da esa curiosa forma. Sabemos hoy que en realidad es la corriente de estrellas de una galaxia compañera, cuya trayectoria vemos en la ilustración de la derecha. Está situada a 35 millones de años-luz de distancia, y su tamaño, aunque de sólo 50 años-luz en su disco principal, se extiendo 50.000 años-luz más allá, por las corrientes de marea provocadas por las estrellas despojadas del núcleo de la galaxia a la que pertenecieron, y que ha sido merendada por su voraz compañera.

M85 es una galaxia lenticular, de dimensiones 7′ x 5′, y con magnitud superficial de +9.10 Situada a 60 millones de años-luz, como todas las que siguen, pertenece al cúmulo de Virgo, y sin embargo a la Constelación de Coma Berenices, también como las siguientes. Es una galaxia con masa y dimensiones similares a la nuestra. Recientes estudios han creído adivinar una estructura elíptica, e incluso puede que brazos espirales.

M88 es una galaxia espiral del tipo Sb, también del cúmulo de Virgo, y a la misma distancia de 60 millones de años-luz. Sus dimensiones son 6.8′ x 3.5′ y su magnitud superficial de +9.6.

M91 es una espectacular galaxia espiral barrada. La vemos de frente, y a pesar de ser un objeto algo más tenue que los anteriores, la barra central brilla con fuerza, y se distinguen perfectamente dos brazos espirales que se originan en sus extremos. También es algo más pequeña, con dimensiones de 5.5′ x 4.5′, y su magnitud superficial es de +10.1. Messier la anotó en su catálogo con coordenadas equivocadas.

M98 es otra espiral, de magnitud superficial +10.1, pero que se presenta casi de canto, aunque bien iluminada. A la misma distancia que las anteriores, es muy difícil verla con telescopios pequeños. Sus dimensiones aparecen alargadas en nuestros cielos, debido a la perspectiva: 9.4′ x 2.3′.

M99 aparece algo deformada, probablemente por los efectos de un pasado encuentro con otra galaxia de los miles de objetos similares que pueblan el cúmulo. Exhibe, sin embargo, un núcleo prominente y muy luminoso, y brazos espirales bien diferenciados. Sus dimensiones son de 5.3′ x 4.6′ y su magnitud superficial de +9.9. Hasta 3 supernovas se han detectado aquí en los últimos años.

M100, por fin, es también ligeramente asimétrica, resultado de pasadas interacciones con otras galaxias del cúmulo. La vemos prácticamente de frente, y presenta brazos muy bien definidos. Es un objeto muy apropiado para su observación por los aficionados cuando los cielos sean bien oscuros, aunque para distinguir muchos de sus incontables detalles se necesita un telescopio potente. Mide 6.8′ x 5.8′ y tiene una magnitud de +9.4. En 1.979 explotó en esta galaxia una supernova, según muestra la siguiente fotografía del Telescopio Espacial de rayos-X Chandra:

La Leyenda

Durante el siglo III antes de Cristo, Berenice II reinaba en Egipto junto a su esposo, Ptolomeo III llamado Evergetes (El Benefactor). Habiendo marchado a la guerra su esposo, la Reina, que lucía una larga y brillante cabellera rubia, languidecía en su ausencia y se entristecía al pensar en los peligros con los que se enfrentaba su amado. Así las cosas, resolvió ofrecer a la diosa Afrodita el hermoso cabello que era la admiración de todos, si recuperaba a su esposo sano y salvo. Así ocurrió, y Berenice cumplió su promesa, cortando su melena y depositándola en el altar de la diosa. Peeeero… al día siguiente, la cabellera había desaparecido. Ptolomeo enfureció, y la tristeza regresó a los ojos de la Reina, así es que fueron requeridos los servicios del famoso astrónomo Conon de Samos, que era muy respetado por su ciencia, y que además mantenía una amistad personal con Arquímedes. Conon señaló en el cielo una formación de estrellas, que nunca nadie había advertido antes, y declaró a los esposos que se trataba de la Cabellera de Berenice, que la diosa había trasladado a los cielos para que todos pudieran admirarla. Seguidamente, dibujó el cabello de la Reina en el globo celeste del museo de Alejandría, empleando para ello una sucesión de brillantes estrellas.

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M16 y la Nebulosa del Águila

Posted in Cielo Profundo with tags , , on 24 abril, 2011 by bitacoradegalileo

Situada en la Constelación de Serpens (la Serpiente), a poco más de una docena de grados del ecuador celeste, M16 es un cúmulo abierto compuesto por cientos de estrellas, asociado a la Nebulosa del Águila, donde se ha originado, y de la que continuamente siguen naciendo nuevas estrellas. Es lo que los astrónomos conocen como una región HII. Las formas de la nebulosa parecen dibujar un águila en picado.

Serpens es la única constelación dividida en dos partes de todo el catálogo de la Unión Astronómica Internacional. Por esa razón, algunas personas consideran 89 constelaciones, en vez de las 88 que componen el listado oficial. Así, la Constelación de Ophiuco (el portador de la serpiente) se interpone entre las dos, y la mitad oeste se denomina Serpens Caput (la Cabeza de la Serpiente), conteniendo la estrella más brillante del conjunto, llamada Unukalhai (Alpha Serpentis), una gigante anaranjada de magnitud visual +2.63. Nuestro objeto, en cambio, se localiza en la porción oriental , que recibe el nombre de Serpens Cauda (la Cola de la Serpiente).

La Nebulosa del Águila puede localizarse al norte de Sagitario (la Tetera), cerca de M17, la Nebulosa Omega, sólo 2.5º al norte de ésta última; la proximidad entre ambas nebulosas no es sólo aparente, sino que incluso mantienen fuertes interacciones entre ambas, consistentes en fuertes vientos estelares e influjos gravitacionales. La región está infestada de objetos de cielo profundo y, particularmente, de astros pertenecientes al Catálogo de Charles Messier, pues la Vía Láctea encuentra aquí su zona central, en concreto en la cercana constelación de Sagitario. M16 se localiza en el Brazo de Sagitario-Carina, que es el más próximo al que nos encontramos nosotros, el Brazo de Orión, en dirección al centro galáctico. Se trata de una colosal nube de gas de hidrógeno y polvo interestelar sometida a continuos cambios en su estructura y composición.


La Nebulosa del Águila debe su nombre a que se asemeja, según el parecer de muchas personas, a un águila volando en picado. Mi hija Araceli dice que no se parece; yo, que sí.

Por efecto de la gravedad, las partículas de polvo y el gas se contraen y colapsan sobre sí mismas, produciendo un aumento de la temperatura y mayores concentraciones de masa, que devienen en una presión ascendente con el consiguiente aumento de la temperatura, hasta provocar la ignición y originar una nueva estrella. Así se formaron las estrellas del cúmulo M16 en el seno de la Nebulosa del Águila, y así siguen formándose nuevas estrellas.

Ahora, los fuertes vientos causados por las nuevas estrellas excitan a la nebulosa que las creó, y la hace brillar por la emisión de esa energía que reciben, en forma de luz, convirtiéndose de esa manera en uno de los más hermosos objetos de su clase, una nebulosa difusa brillante. Las estrellas del cúmulo son jovencísimas gigantes azules, muy luminosas.

Las espectaculares imágenes tomadas por el Telescopio Espacial Hubble, publicadas en 1.995, han contribuido a una mucho mejor comprensión de los procesos que se llevan a cabo en el interior de la nebulosa. Estas imágenes, de la impresionante región de Los Pilares de la Creación, se hicieron muy populares gracias a su difusión en películas tales como Contact, de 1.997, series de ciencia ficción como Babylon 5, videojuegos o juegos para ordenador.

El cúmulo (no así la nebulosa), catalogado como M16 (el objeto con ese número en el Catálogo Messier) y también como NGC6611, fue descubierto por Jean-Philippe de Cheseaux en 1.746. El astrofísico suizo (nacido en Lausana) sólo observó la zona central, y cita un cúmulo de estrellas entre las constelaciones de la Serpiente, Sagitario y Antínoo. Es ésta una antigua constelación que se situaba al sur de la constelación del Águila. Cheseaux, en cambio, no parece haber observado la nebulosa, pues no nos informa sobre ella.

Charles Messier sí distinguió la nebulosa, en su redescubrimiento del 3 de junio de 1.764, según anotó en la primera edición de su famoso catálogo que reproduzco a continuación:

“Amas de petites étoiles, mêlé d’une foible lùmiere, près de la queue du Serpent, à peu de distance du parallèle de ζ de cette constellation; avec une foible lunette ces amas paroît sous la forme d’une nébuleuse.” “Cúmulo de estrellas pequeñas, mezcladas con una tenue luz cerca de la cola de la Serpiente, a poca distancia del paralelo de ζ de esta constelación; con un telescopio pequeño este cúmulo aparece bajo la forma de una nebulosa.”

Como hemos leído, Charles Messier pudo identificar por vez primera a la nebulosidad asociada al cúmulo M16. Anotó también (a la izquierda de su diario) las coordenadas en Ascensión Recta y Declinación del objeto, así como su tamaño aparente, estimándolo en 8 minutos de arco.

Curiosamente, la nebulosa no fue advertida por William y Carolina Herschel al observar el cúmulo, a pesar de que el músico de Hannover es autor del descubrimiento de más de 2.500 objetos de cielo profundo, además del planeta Urano. Esto hizo que la nebulosa no figure en el catálogo NGC. Sí se refiere a ella su hijo, John Herschel, que habla de una nebulosa que contiene a un centenar de estrellas. Finalmente, la Nebulosa del Águila fue catalogada en el IC II de 1.908 como IC4703.

La distancia a la que se encuentra no es una discusión cerrada. Aunque la mayoría de las fuentes coinciden en aceptar 7.000 años-luz, hay opiniones contrarias que cifran nuestra separación de la nebulosa en menos de 6.000 años-luz. El diámetro angular del cúmulo, de 7 minutos de arco, corresponde a un diámetro real de 15 años-luz. La nebulosa se extiende mucho más, hasta medio grado (equivalente a la Luna llena), que se traduce en unas dimensiones de unos 70 años-luz de diámetro.

Como la declinación de M16 es de -13.5º, es observable prácticamente desde toda la Tierra, exceptuando latitudes árticas donde no vive casi nadie. Los mejores meses para su observación son los centrales del año, pero ya desde marzo aparece en la madrugada. La magnitud visual del objeto es de +6.4. No se puede ver, por tanto, sin ayuda óptica. Sea cual sea el instrumento empleado, se necesita una apertura mínima de 2 pulgadas (50 mm) para poder observar algo. En prismáticos, con 10×50 se advierte un pequeño grupo de estrellas, no sin dificultades. Los telescopios entre 120 y 150 mm pueden ya advertir una ligera nubosidad que envuelve al cúmulo. Para obtener detalles suficientes de los Pilares de la Creación, son necesarios instrumentos de al menos 12 pulgadas (300 mm de apertura). La astrofotografía revelará siempre detalles mucho más precisos.

La evolución de la fotografía astronómica y la actividad de los observatorios en órbita, particularmente de las imágenes tomadas por el Hubble en 1.995, y las obtenidas con posterioridad, nos han permitido ver a la Nebulosa del Águila como una ventana abierta, mostrándonos asombrosas estructuras en su interior.

Entre estas notables formaciones destacan, además del cúmulo M16, las columnas oscuras llamadas Pilares de la Creación, y la Espira o Columna V. La siguiente fotografía muestra la posición de cada una de ellas dentro de la nebulosa.

En la que sigue, pueden compararse el aspecto que ofrecen en la luz visible del Hubble, y en el infrarrojo de otro observatorio en órbita: El Telescopio Espacial Spitzer:

Una de las fotografías tomadas por el Hubble, con la firma de Jeff Hester y Paul Scowen, dio la vuelta al mundo, y se convirtió en la imagen del cielo más difundida entre la población:

Muestra una extensa zona, en forma de columnas, donde están formándose estrellas. Ello justifica su nombre de Los Pilares de la Creación. La concentración de gas hidrógeno y polvo en la región ha funcionado como una incubadora de nuevas estrellas, al amparo de la energía que les proporciona su propia fuerza de atracción gravitatoria.

La combinación de esta imagen con las ofrecidas por el Telescopio Espacial de Rayos-X Chandra, en cambio, muestra que las fuentes de emisión de rayos X no coincide con la situación de las columnas, sino con otros puntos de la región, distribuidos al azar. Este hecho sugiere que la formación estelar ha terminado. Pero otros puntos de los Pilares de la Creación muestran Glóbulos Gaseosos de Evaporación (EGGs por sus siglas en inglés), donde dentro de algún tiempo volverá a evidenciarse la producción de nuevas estrellas. Consisten estas eyecciones en elementos químicos menos pesados expulsados violentamente por la intensa radiación del lugar. En la zona, se han encontrado 73 EGGs, y al menos 11 de ellos contienen objetos estelares en formación.

El pilar más largo mide unos 7 años-luz, distancia comparable a la que nos separa de Sirio (Alpha Canis Majoris), que es de unos 8.6 años-luz, y mucho mayor de la que hay entre nosotros y Alpha Centauri (4.3 años-luz, aproximadamente) y en el extremo de todos ellos se producen concentraciones de masa que aumentan la presión y forman las protoestrellas.

En cambio, las últimas noticias no son nada tranquilizadoras. Datos proporcionados por el Telescopio Spitzer hacen sospechar que la explosión de una supernova acabó con los Pilares de la Creación hace unos 6.000 años. Pero en el peor de los casos, aún nos quedarán otros mil años para disfrutar de tan hermosa visión, y en su lugar dejará un magnífico cúmulo estelar de estrellas jóvenes, brillantes, muy masivas, y muy azules.

Al sureste de los Pilares de la Creación, aparece otra columna de material oscuro, muy alargada, conocida como La Espira, y también como Columna V. En el extremo superior, esta estructura presenta un ensanchamiento en forma de capullo donde se localiza una importante fuente de emisión radiactiva, altamente ionizada. Muy cerca, un objeto estelar hace pensar que el conjunto forma también una región HII de formación de estrellas. Como se ve, toda la Nebulosa del Águila es un espectacular ejemplo de evolución en el Universo, contrariamente a la inmutabilidad que se le atribuyó en tiempos pasados.

M16 es el cúmulo asociado a la nebulosa. Contiene unas 460 estrellas, todas ellas extremadamente jóvenes, pues se ha estimado la edad del conjunto en unos 4 millones de años, menos de la milésima parte de la edad de nuestro Sol, e incluso algunas estimaciones reducen esta cifra a la mitad. Las estrellas se formaron en la nebulosa, consecuencia de la ferviente actividad que hemos tenido ocasión de estudiar a lo largo del artículo, y ahora son ellas las que con sus fuertes vientos ionizan el material circundante, haciendo brillar a la nebulosa. Las más brillantes son gigantes azules, de tipo espectral O y B, muy masivas, hasta 80 veces más que el Sol, y llegan a alcanzar la octava magnitud, por lo que pueden ser vistas con binoculares en buenas condiciones de observación. La estrella más brillante tiene magnitud visual de +8.24. La mayoría de sus componentes, en cambio, son estrellas de la secuencia principal, con poco más del doble de la masa de nuestro Sol. Existen también, como puede deducirse fácilmente, muchas estrellas que todavía están formándose, como evidencia la imagen de rayos X del Telescopio Espacial Chandra.

En fin, esto es todo. Aunque he intentado traerles lo más notable de esta fabulosa región del cielo, soy consciente de que me he dejado muchas cosas en el tintero. Es inevitable, pues hablar de M16, el Águila y los Pilares, es empezar y no acabar. Muchas gracias por su atención, y les deseo cielos despejados y una feliz observación.

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Los mares de la Luna

Posted in Luna on 17 abril, 2011 by bitacoradegalileo

Galileo tenía razón. Una vez más. El mundo aristotélico, según el cual todo el Universo, a partir de la Luna y más allá, se componía de estructuras perfectas, esto es, esferas sin alteraciones y órbitas totalmente circulares, resultó ser una quimera.

Efectivamente, si observamos al satélite sin la ayuda de instrumentos ópticos que mejoren la visión a ojo desnudo, nos dará la impresión de un disco plano, sin accidentes que perturben la aparente planicie que se nos ofrece en la totalidad del astro. Pero esta percepción es engañosa, como mostró al mundo Galileo Galilei. Así, cuando en el invierno de 1.609 el genial astrónomo toscano dirigió su telescopio de 20 aumentos hacia la Luna, y se detuvo en el terminador del satélite, pudo ver montañas que incluso se atrevió a pronosticar de 7.000 metros de altura, que para la época suponían estructuras más elevadas que las conocidas en nuestro propio planeta. Pudo entonces distinguir entre estas terrae (tierras en latín, plural de terra), de color claro, de otras más oscuras, a las que llamó maria (mares, plural de mare), por creer que eran enormes extensiones cubiertas por agua, similares a los mares y océanos terrestres.

Esta denominación subsiste en la actualidad, a pesar de que hoy sabemos que en realidad están cubiertas por el basalto que surgió del interior del satélite consecuencia del intenso bombardeo que sufrió la Luna miles de millones de años atrás. Ya Galileo nos mostró dibujos que nos enseñaron notables diferencias en el aspecto de sus distintas regiones.

Si elevamos nuestra vista hacia el hermoso astro, rápidamente podremos distinguir zonas oscuras, que han estimulado la imaginación de muchos, pues creyeron ver en esas formas figuras como un conejo, un hombre, un escarabajo, o una mujer en la tranquila lectura de un libro.

Yo no soy capaz de imaginar tanto, pero sé que lo que uno podría encontrarse por aquel mundo podría superar la imaginación más atrevida. Una doncella que me enamoró a primera vista (Promontorium Heraclides en Sinus Iridum), una temible serpiente (Vallis Schröteri), o un anillo de compromiso (Gassendi), por no hablar del acero limpio y afilado de una antigua pero cuidada, y sin embargo amenazadora espada (Rupes Recta) en medio de un mar de nubes (Mare Nubium).

Desde hace unos 4.600 millones de años, cuando el Sistema Solar aún estaba en proceso de formación, una miríada de rocas todavía vagaban expuestas a una vorágine de fuerzas contrapuestas, diríamos que “desafinadas”; muchas de ellas impactaron sobre la Luna, formando la multitud de cráteres que hoy presenta.

Entre 3.800 y 3.100 millones de años atrás, tuvo lugar la colisión de los mayores de estos meteoritos, que formaron grandes cuencas fracturando la corteza del satélite. Afloraron entonces a la superficie grandes cantidades de lava, que al precipitar sepultaron los cráteres menos prominentes, y originaron regiones de la Luna de un aspecto más oscuro, pues el basalto que componía la lava carece del albedo del material que compone las tierras altas de la corteza, al que se le llama regolito.

La distribución de las zonas inundadas por la lava no es regular, ni mucho menos. Los mares de la Luna son mucho más frecuentes en su cara más cercana, mientras que la llamada cara oculta, o cara lejana, carece casi por completo de estas formaciones. Dos son las razones que se pueden aducir para explicar este fenómeno: En primer lugar, la propia Tierra actuó como parapeto para las colisiones posteriores a su formación, mientras que en la otra cara seguían impactando meteoritos. Por otro lado, la mayor densidad del basalto en los maria hizo que esas zonas se orientaran hacia nuestro planeta por el mayor efecto de la gravitación hacia las regiones más masivas.

El catálogo de estas regiones incluye un solo oceanus y diversos maria, algunos más destacados que figuran etiquetados en la fotografía precedente. Pero también otras formaciones oscuras inundadas por el basalto tienen el mismo origen, y se engloban bajo diferentes denominaciones, entre las que cabe destacar sinus (bahías), palus (pantanos, marismas o lagunas) o lacus (lagos). Sinus Iridum (Bahía de los Arco Iris), Palus Somnii (Laguna del Sueño) o Lacus Mortis (Lago de la Muerte) son algunos ejemplos. También existen otros maria de menor entidad.

Muchos de estos maria tienen forma más o menos circular, consecuencia del impacto que los originó, y es frecuente encontrar formaciones montañosas que los rodean a la manera de murallas; también es frecuente encontrar en su interior o en los territorios que los limitan algunos accidentes de importancia; incluso aún presentan los canales por donde discurrió la lava que los inundó. Algunos de ellos tienen una gran importancia selenográfica, por su extensión, origen o características, y otros poseen un notable significado histórico.

Oceanus Procellarum (Océano de las Tormentas) es la que mayor extensión presenta de todas estas regiones. Ocupa gran parte de la mitad occidental del satélite gracias a sus 2.592,24 kilómetros de diámetro y sus más de un millón y medio de kilómetros cuadrados de superficie. Este vasto desierto, anfitrión de la misión Apolo XII en noviembre de 1.969, la segunda tripulada, no está exento de numerosos accidentes de interés, entre los que citaré a Kepler (en el límite con Mare Insularum), y a la magnífica Meseta de Aristarco, con el cráter homónimo (apodado El Faro de la Luna), el vecino Herodoto y el espectacular Vallis Schröteri, donde podremos disfrutar de la sorprendente Cabeza de Cobra. Dada su enorme extensión, los selenógrafos recomiendan comenzar su observación con binoculares. Para empezar, unos 7×30 serán suficientes.

Al sur de la extensa llanura de Oceanus Procellarum, dos atrayentes maria continúan ofreciéndonos sendos interesantes accidentes. Veámoslos.

Mare Humorum (Mar de la Humedad o de los Humores), el más occidental de los dos, es una cuenca bastante circular que aparece rematada en su vertiente norte por una deliciosa formación: El curioso cráter Gassendi, que junto a su satélite Gassendi A forman la llamada Perla de la Luna, uno de los paisajes más atractivos de la Luna. Mare Humorum tiene un diámetro de 419,67 kilómetros y su formación se produjo por el impacto de un gran asteroide hace unos 3.900 millones de años.

Un poco más hacia el este, aunque aún en la mitad occidental del satélite, encontramos al irrenunciable Mare Nubium (Mar de las Nubes), que alberga a Rupes Recta, la espectacular Espada de la Luna, escoltada al nordeste por el interesante trío formado por los cráteres Ptolomeus, Alphonsus y Arzachel. Uno de los rayos del sistema radial del cercano Tycho atraviesa el mare por el oeste. Mare Nubium es una de las cuencas más antiguas de la Luna, aunque los selenógrafos están de acuerdo en que se formó a consecuencia de varios impactos. Es sensiblemente mayor que Mare Humorum, pues mide 714,5 kilómetros de diámetro.

En el norte, y desde Oceanus Procellarum, Sinus Roris (La Bahía del Rocío) facilita el acceso a Mare Frigoris, la más alargada de todas las estructuras de este tipo en la Luna. Con una longitud de 1.446,41 kilómetros (equivalente a la distancia en línea recta entre Madrid y Munich), ocupa toda la franja boreal, en las cercanías del Polo Norte del satélite. Se sitúa al norte de Mare Imbrium, con el que comunica a través de Vallis Alpes, en la región de Platón, El Gran Lago Negro. Aristóteles y Eudoxus anuncian, más al este, la cercanía, también en su orilla sur, de Mare Serenitatis. Mare Frigoris termina, en su vertiente oriental, en las proximidades del dúo formado por Atlas y Hércules.

Mare Imbrium (El Mar de las Lluvias) es un punto y aparte. Situado al este de Oceanus Procellarum y al sur de Mare Frigoris, el fenomenal espectáculo que nos ofrece, particularmente en su orilla septentrional, aunque también en las regiones oriental y meridional, es una colección de regalos de la mismísima Selene. Una sucesión de paisajes que uno tras otro conseguirán sorprendernos cada vez que dirijamos nuestra mirada hacia esta subyugante región. Sinus Iridum (La Bahía de los Arco Iris) y la maravillosa Doncella de la Luna, el cráter Platón y los Alpes lunares, Vallis Alpes o la región de Cassini constituyen un privilegio, un disfrute, un deleite, un banquete de sensaciones inolvidables. El asteroide que impactó en la zona, originando Mare Imbrium, debió ser descomunal. La cuenca, de 1.145,53 kilómetros de diámetro y 1.130.000 kilómetros cuadrados de superficie, se rellenó con una capa de basalto que alcanza los cien metros de profundidad. Esta circunstancia causó una concentración de masa (conocida en inglés como mascon) que altera la órbita de los satélites artificiales enviados por el hombre, debido a su mayor atracción gravitatoria. La colisión además originó la formación de tres anillos concéntricos, el más exterior compuesto por cordilleras que se levantan hasta 7.000 metros por encima del nivel del mare, como ya intuyó Galileo. El Cáucaso en oriente, los Montes Apeninos en el sureste y los Cárpatos en el sur componen un espectáculo increíble. Esta última cordillera separa a Mare Imbrium de Copérnico, El Señor de la Luna. Y llegados a este punto, creo que va siendo hora de pasar al mare siguiente, pues de lo contrario el lector podría pensar que siento una especial predilección por este inigualable Mar de las Lluvias ;-).

La orilla este de Mare Imbrium, aunque fuertemente custodiada por las Montañas del Cáucaso y los Apeninos lunares, nos ofrece el paso a los mares de la mitad oriental del satélite, precisamente en el lugar que divide a ambas formaciones rocosas. Accederemos así al primero de tres mares que conforman un famoso triplete: Serenitatis, Tranquilitatis y Fecunditatis.

Mare Serenitatis (El Mar de la Serenidad) es una cuenca con una forma circular bastante aproximada, que se formó hace unos 3.850 millones de años, en la época en que colisionaron contra la Luna los últimos grandes asteroides, coetáneo de la formación de Imbrium, Tranquilitatis y Fecunditatis, entre otros. También, como Imbrium, tiene un mascon o gran concentración de masa que denota la profundidad de la capa de basalto que lo inundó. Rodeado de montañas, como las del Cáucaso y Apeninos en la orilla oeste, y Taurus en la vertiente opuesta, encontramos los Montes Haemus en el suroeste, formación que sirve para separar esta cuenca de Mare Vaporum (de 242.46 kilómetros). Posidonius, en el límite oriental, es el cráter más destacado, aunque Aristóteles y Eudoxus, al norte de Mare Serenitatis, parece apuntar en la dirección del mare.

Al sureste de Mare Serenitatis encontramos al más famoso de todos los mares de la Luna: Mare Tranquilitatis (el Mar de la Tranquilidad). Su importancia radica en el hecho histórico de ser el lugar donde el hombre pisó el satélite por vez primera. Así, a las 2:56 UTC del día 21 de julio de 1.969, Neil Armtrong, comandante de la misión Apolo XI, desciende del módulo lunar y deja su huella sobre la superficie del mare. Inmediatamente después, le seguirá Edwin Buzz Aldrin, segundo de a bordo. Las coordenadas exactas fueron 0º40’27” Norte y 23º28’23” Este. El mare tiene una forma bastante irregular, y unos contornos muy poco definidos. Su formación data de la misma época que sus vecinos del noroeste, Mare Serenitatis, y del sureste, Mare Fecunditatis, hace unos 3.850 millones de años. Tiene un diámetro de 875,75 kilómetros.

Mare Fecunditatis (El Mar de la Fecundidad) es también conocido como Mare Fertillitatis (El Mar de la Fertilidad). Situado al sureste del anterior, es quizás el menos interesante de los tres. Está delimitado por los cráteres Langrenus al este y Petavius al sur, éste último de 160 kilómetros de diámetro y 3.300 metros de profundidad. Al oeste, los Pirineos lunares le sirven de frontera con Mare Nectaris, y Mare Crisium se sitúa al norte. De estos dos mares me ocuparé seguidamente. Mare Fecunditatis tiene un diámetro de 840,35 kilómetros.

Mare Crisium (El Mar de las Crisis) está situado al norte de Mare Fecunditatis. Se formó en la misma época que los anteriores. Su forma circular es la más perfecta de todos los mares, aunque su cercanía al limbo de la Luna le hace aparecer de forma ovalada. Sólo es la perspectiva. Sí se ve alterado en su interior por un cabo en el sureste, llamado Promontorium Agarum, que se eleva unos 3.350 metros sobre el nivel del mare, que mide 555,92 kilómetros de diámetr. Al norte de Mare Crisium destaca el cráter Cleomedes, de 126 kilómetros. Un interesante sistema radial es el de Proclus, un cráter brillante de sólo 30 kilómetros, pero con 2.700 metros de profundidad, que se sitúa al oeste de Mare Crisium.

Nos queda visitar Mare Nectaris, de 339,39 kilómetros de diámetro. Pero no se lleven a engaño, el hecho de ser nuestra última parada no obedece a su falta de interés o de belleza. Todo lo contrario, va a suponer un broche de oro que estoy seguro les sorprenderá. Su formación data de la misma época que los anteriores, es decir, entre 3.920 y 3.850 millones de años atrás, y a ese periodo se le llama precisamente Periodo Nectárico, a causa de este mare. Su forma no es tan perfecta como la de Mare Crisium, pero también es aproximadamente circular. Destaca Fracastorius en el sur, un cráter de casi 100 kilómetros de diámetro, parcialmente inundado por su pared norte, lo que le hace parecer una bahía. Un poco más abajo, Piccolomini, de 90 kilómetros. Al oeste, Theophilus, Cyrillus y Catharina, el Trío de Ases, forman un conjunto cautivador. La noche que estrené mi primer telescopio, un pequeño refractor de 70 milímetros, el terminador de la Luna estaba sobre estos cráteres. No he podido olvidarlo. Partiendo de las inmediaciones de Catharina, que es el más meridional de los tres integrantes del Trío de Ases, y hasta Piccolomini, se extiende una impresionante muralla, llamada Rupes Altai, resto de uno de los anillos concéntricos que se formaron con el mare, a consecuencia del impacto. Rupes Altai tiene más de 400 kilómetros de longitud, y una altitud media de 1.500 metros, aunque algunos picos alcanzan hasta los 3.000 metros de altura.

Mitología

Selene es la Diosa de la Luna, hija de Hiperión y Tea, y hermana de Helios (el Sol) y Ea (la Aurora). Es la divinidad del plenilunio, mientras Artemisa representa a la Luna creciente y Hécate a la Luna nueva. Selene se enamoró de un mortal, un cazador o pastor llamado Endimión, y pidió a Zeus la inmortalidad para su amado. Vivieron entonces un romance apasionado, fruto del que tuvieron una numerosa descendencia, cincuenta hijos.

El nombre de esta diosa es la raíz para vocablos como selenitas, como eran llamados los supuestos habitantes de la Luna, o selenólogos, como se conoce a los estudiosos del satélite, en oposición a los geólogos para la Tierra. El elemento químico Selenio tiene ese nombre en su honor.

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La Cascada de Kemble

Posted in Cielo Profundo with tags , on 10 abril, 2011 by bitacoradegalileo

Como las aguas de un río que claras y lozanas procuran el brusco desnivel para exhibirse más cristalinas que nunca, en el desfile de mil colores y luces eternas, las estrellas que forman la llamada Cascada de Kemble parecen, en rápida pero graciosa caída, buscar el descanso en el cúmulo que las espera al final de su camino, el lago más brillante jamás soñado: El llamativo cúmulo estelar NGC1502.

La sucesión de estrellas que forma este asterismo (enseguida aclararé este concepto), se muestra refrescante en el páramo desierto de la tenue Constelación de la Jirafa, como si de un río Nilo se tratara sobre la enorme extensión de arena que lo rodea, como el oasis que calma la sed del observador nocturno, ávido de nuevas sensaciones. Veremos como la región donde se ubica parece vacía en cuanto los cielos no son totalmente oscuros.

Llegados a este punto, parece necesario aclarar la diferencia que existe entre tres conceptos relacionados, pero bien distintos entre sí: los de asterismo, constelación y cúmulo.

La Constelación de Camelopardalis (La Jirafa)

Particularmente, es frecuente confundir los dos primeros conceptos; piénsese en la Osa Mayor, y su asterismo más conocido: El Carro o Sartén. La Osa Mayor (latín Ursa Major), como la Jirafa (latín Camelopardalis) y todas las demás constelaciones, es una región del cielo; digamos que es un territorio

Constelación de Ursa Major (La Osa Mayor)

independiente del resto de las constelaciones, con las que puede tener o no sus límites, y que alberga en su interior determinados objetos celestes.

Otra cosa es la forma que ofrece la disposición de sus siete estrellas principales, característica y bien conocida, que es el asterismo de El Carro. Sólo

Asterismo de Camelopardalis

hay 88 constelaciones, las reconocidas oficialmente por la Unión Astronómica Internacional, pero podemos encontrar tantos asterismos como nuestra imaginación sea capaz de crear. Muchas veces, unimos con líneas imaginarias a estas estrellas, para que formen la figura que hemos concebido

Asterismo de El Carro, en la Osa Mayor

artificialmente. Usted hará bien en idear sus propias figuras, con independencia de las que sean aceptadas por la mayoría. Elija el diseño que mejor pueda ayudarle a reconocer cada constelación o agrupación de estrellas.

Por otro lado, las estrellas que forman un asterismo pueden estar o no relacionadas gravitacionalmente. En caso afirmativo forman un cúmulo estelar. Es el caso de la cometa que forman las principales integrantes de Las Pléyades o la “A” que dibujan las del Joyero. Pero en otros casos, la sensación de proximidad entre ellas es una simple cuestión de perspectiva, y esas estrellas, vistas desde cualquier otro punto de vista, formarían otra figura distinta, e incluso ninguna. Ocurre esta circunstancia con el asterismo de La Percha, mal llamado Cúmulo de Brocchi, y también con nuestra Cascada de Kemble. Las estrellas que lo forman no están una al lado de la otra, sino que algunas se encuentran más cerca y otras más alejadas, y observadas desde otro lugar del Universo no ofrecerían esa alineación. Ni Orión ni la Cruz del Sur tendrían esa forma vistas desde otro sitio.

Observen la fotografía de la derecha. Los puntos de luz que aparecen en ella están a distancias diferentes. La sensación de proximidad entre las farolas del fondo desaparecería desde cualquier otro punto de vista, y eso mismo ocurre con los asterismos como el que nos ocupa, como el de la Percha y nuestra Cascada de Kemble. En un cúmulo, sin embargo, las estrellas sí están verdaderamente cerca unas de otras y ejercen unas sobre otras fuerzas gravitacionales.

La Constelación de Camelopardalis

La región donde se ubica nuestro objeto, es una de las más extensas y sin embargo menos destacadas de todo el cielo. Tanto es así, que fue considerada por los griegos, junto con la que hoy constituye la Constelación del Lince, una zona vacía, y no aparece registrada hasta que lo hizo Jakob Bartsch, yerno de Kepler, en 1.624, aunque parece haber sido ideada con anterioridad por Petrus Plancius. El nombre de Camelopardalis deriva de la idea en la Grecia clásica de la jirafa como un animal con el aspecto parecido a un camello y la piel de un leopardo. Como estrellas destacadas citaremos a… ninguna. Las más brillantes son de 4ª y 5ª magnitud, y ninguna ha merecido nombre propio, ostentando sólo tres de ellas denominación de Bayer: Alpha, Beta y Gamma Camelopardalis. Tampoco ofrece objetos de cielo profundo de especial interés.

Camelopardalis se presenta como circumpolar para latitudes medio-bajas del Hemisferio Norte, y resulta invisible para casi toda la mitad sur del planeta. En entornos próximos a las ciudades resulta invisible al carecer de estrellas con el brillo suficiente, y hay que servirse de las constelaciones vecinas para ubicarla. La encontrará en el centro del semicírculo formado por Capella (α Aurigae), Mirphak (α Persei), Ruchbah (δ de Casiopea) y Polaris (α Ursae Minoris).

Esta falta de notoriedad ha provocado un tradicional desinterés de los aficionados hacia la región, a pesar de la presencia de la Vía Láctea en su mitad meridional, hasta que, en diciembre de 1.980, un artículo publicado en la prestigiosa revista Sky & Telescope, firmado por Walter Scott Houston, autor de reportajes de cielo profundo en la publicación, daba a conocer una carta que había recibido del fraile franciscano Lucien Kemble, en la que le remitía un dibujo y la descripción de una cadena de estrellas en la Constelación de la Jirafa que fascinaban al religioso. Muchos profesionales de la cosa esta de las estrellas se han aprovechado de los descubrimientos de los aficionados, pero Houston supo dar a Kemble lo que es de Kemble, y por eso merece mi reconocimiento (póstumo) en esta página. Alguno debería tomar nota, y no aprovecharse del esfuerzo ajeno.

La secuencia de estrellas, unas 20 entre la 8ª y la 9ª magnitud, asemeja un río de luces que cae suavemente desde el nordeste hasta el suroeste, extendiéndose por un arco equivalente a cinco veces el tamaño de la Luna llena, lo que la convierte en un objeto adecuado para binoculares, y no telescopios que en su ocular no pueden abarcar tanto espacio. Es un asterismo y no un cúmulo, ya que la proximidad entre sus estrellas es sólo aparente, y se debe a la perspectiva desde la que observamos al conjunto; desde cualquier otro lugar, las estrellas aparecerían mucho más alejadas, que es como están en realidad. En la siguiente carta celeste pueden verse sus coordenadas en Ascensión Recta y Declinación:

Como algunas de sus estrellas alcanzan hasta la 10ª magnitud, es necesario un cielo oscuro y la adaptación progresiva de nuestros ojos para poder discernir los componentes más tenues. No obstante, algunas estrellas brillantes del entorno nos servirán para su localización y disfrute (iba a escribir “localización y estudio”, pero en este caso es casi lo mismo).

Estas referencias son tres: Un trío de estrellas brillantes al nordeste, otra estrella también muy notable en el centro, y el cúmulo estelar NGC 1502 en el suroeste, que sirve de colofón.

La forma más rápida, fácil y segura de llegar hasta la Cascada de Kemble es sirviéndose de la Constelación de Casiopea, cuya localización no será complicada, por sus brillantes estrellas que forman la famosa W (o la M, vista al contrario). Calcule la longitud del asterismo de Casiopea, y duplique esta distancia, en el sentido de giro de las agujas del reloj (alrededor de Polaris) hasta llegar al trío de estrellas brillantes. Estas luminarias rondan la quinta magnitud y son realmente hermosas. Destaca especialmente la gigante roja que ocupa la posición oriental (derecha en la fotografía), más próxima a Casiopea y más alejada de la Cascada. El arco que forman las tres estrellas le conducirá al asterismo de Kemble.

Una vez que deje atras al atractivo trío, puede que no alcance a ver, al menos en un primer momento, las estrellas más débiles de la Cascada. Busque entonces a una estrella de magnitud +4.93, que se encuentra a medio camino. Se trata de HIP18505, que también tiene la denominación HD24479, una enana de la secuencia principal, de color blanco-azulado, que le servirá para comprobar que no se ha perdido. Es la componente más brillante de la Cascada de Kemble.

Por último el coqueto NGC1502 le indicará el final del trayecto. Es un cúmulo estelar muy compacto compuesto por unas 45 estrellas, y en el que se pueden distinguir algunas estrellas dobles con ayuda del telescopio. Ronda la sexta magnitud, y sus estrellas son brillantes, azules y bastante jóvenes, pues su edad es solamente de unos once millones de años. Este cúmulo estará en lo más bajo si Casiopea se sitúa a la derecha de Polaris, es decir, la cascada fluirá hacia abajo, pero se invertirá cuando Casiopea esté a la izquierda de la Polar, y NGC1502 estará en lo más alto. Las “aguas” discurrirán de abajo arriba.

Lucien Kemble vino al mundo en una pequeña granja de Pincher Creek, en Alberta (Canadá) el 5 de noviembre de 1.922. Durante cuatro años participó en la II Guerra Mundial, como operador de radio en la Royal Air Force Canadiense, y terminada la contienda ingresó en la Orden franciscana, donde dedicó el resto de sus días a dar clases en seminarios y a ejercer el sacerdocio hasta su desaparición el 21 de febrero de 1.999. Como aficionado a la Astronomía, dispuso de un modesto equipo, un telescopio de 280 mm Celestron Smichdt-Cassegrain y un par de binoculares, que le bastaron para elaborar un increíble catálogo de más de 5.500 objetos de cielo profundo, con anotaciones y dibujos. Pero su aportación más conocida es el descubrimiento de su famosa Cascada de Kemble, nombre que le dio Houston, que describe en el siguiente texto la forma de dibujar de Fray Luc, como le llamaban los que lo conocieron:

“Kemble uses a trick for making drawings at the telescope that I have not heard mentioned before. He racks the eyepiece out of focus until only the brightest stars are visible, and then plots their relative positions. Once this “skeleton” is made, he refocuses and adds the fainter stars.” “Kemble usa un truco para dibujar cuando observa por el telescopio que nunca antes había oído mencionar. Desenfoca el ocular hasta que sólo las estrellas más brillantes son visibles, y entonces dibuja sus posiciones respectivas. Una vez hecho ese “esqueleto”, vuelve a enfocar y añade las estrellas más tenues.”

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